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estudiar, jugar, rezar

 EN  nombre de todos los congregados, incluso de los ausentes, tomó la palabra Marcial (mayalde, Zamora, 1948) cincuenta años y dos días después de aquella llegada histórica y  nocturna a Alcázar tras un viaje inolvidable: Salamanca-Madrid-Alcázar, con penúltima parada en Villacañas.  Bien oiréis lo que nos dijo:

ESTUDIAR, JUGAR, REZAR.

Por Marcial Alvarez*

 Queridos P. Provincial y demás sacerdotes trinitarios.

Queridos antiguos alumnos y familiares acompañantes;

a todos, un cordial saludo.

La celebración  del cincuentenario nos ha reunido en este lugar de La Mancha, de cuyo nombre jamás quisiera olvidarme. Los organizadores me comunicaron que habían pensado en mí para que, cómo antiguo alumno, dijera unas palabras. Acepté la invitación y prometí ser breve. Estoy convencido de que en reuniones de este tipo, los momentos más interesantes son los de convivencia espontánea, los encuentros informales.

Hace unos días me puse a repasar los años de seminario. Escribí varias hojas y, después de podar y podar, esto es lo que  salió.

En el seminario estuve cuatro años, y los enmarco entre estas dos fechas: El 16 de septiembre de de 1960 (concentración en Salamanca) y el 28 de junio de 1964 (despedida en el Santuario).

En la estación de Salamanca nos habíamos reunido los de la zona para emprender juntos el viaje. Por las caras, bien se sabía quiénes eran veteranos y los que éramos novatos. Entre el trajín propio del momento, un veterano, derrochando simpatía, se afanaba por animar a los nuevos. Se me quedó grabada esta frase: “¡Ánimo muchachos, no os preocupéis, veréis que bien os la vais a pasar en el seminario”!. ¿Sabéis quien era ese veterano? Pedro Fernández Alejo. No sé si estará por aquí. Seguramente él ni lo recuerde. Al fin y al cabo, tampoco tiene tanta importancia. Sin embargo, para algunos, sí que la tenía. Gracias Pedro con 50 años de retraso.

A Alcázar llegamos en torno a las 12 de la noche. Fuimos andando desde la estación. Las maletas nos las llevaron en un carro y  directamente nos fuimos a la cama. La noche se me hizo eterna. Cuando tengamos más tiempo os cuento los apuros que pasé.  

Los primeros días tuve la sensación de estar en otro mundo. Comparaba la pequeña casa del pueblo con la mole del seminario. Nos decían que el seminario era una gran familia y yo no entendía cómo podían establecerse lazos familiares entre personas que no nos conocíamos de nada y además  éramos de sitios tan distintos.

 En esos días primeros bastante teníamos con intentar adaptarnos y a nadie le puede extrañar que ocurrieran cosas raras, dando lugar a anécdotas de todo tipo. Por ejemplo. Estaba yo en un grupo al que se acercó el P. Andrés. Nos iba preguntando el apellido y nos decía la región de donde procedía. Asombrados estábamos de tanta sabiduría, y yo deseando que me tocara el turno. Cuando le dije que mi apellido era Álvarez, la contestación fue rápida y rotunda. “ese apellido es ruso”. Me quedé de piedra, Mejor no haberlo sabido. A mi los rusos no me caían nada bien, pero a mi padre, mucho peor. Y ahí estaba el problema. ¡Madre mía! ¿Cómo le digo ahora yo a mi padre que tenemos apellido ruso? No lo comenté con nadie. Hice bien, porque al día siguiente, dándole vueltas a la cabeza, entendí la broma.  La verdad es que sentí un gran alivio, sobre todo, por mi padre. Yo me dije: espabila, Marcial, que aquí no te puedes fiar ni de los frailes.

Terminé adaptándome pronto y bien. El comienzo de las clases contribuyó favorablemente. Me esperaban cuatro años maravillosos: lo pasé muy bien y terminaron siendo decisivos para mi formación humana, cristiana y académica. La vida cotidiana se puede resumir en estos tres verbos: estudiar, rezar y jugar. Pasábamos los días conjugándolos y esforzándonos por hacerlo cada vez mejor. Sigo pensando que el más fácil era el verbo jugar; pero vayamos con cada uno de ellos.

Estudiar. El que más tiempo nos llevaba. Yo prefería las asignaturas de letras, sobre todo, el latín. ¿Cómo podía imaginar entonces que durante más de 25 años estaría dando clases de latín en el colegio de León? En más de una ocasión he soñado que estaba de profesor aquí, en Alcázar. Cada vez que tenía que explicar el ablativo absoluto me acordaba del P. Antonio. Si mis alumnos, al declinar, no pronunciaban con claridad la última letra recurría a esta  anécdota. (Preguntó el P. Antonio la declinación de puer pueri a un compañero nuestro que apenas vocalizaba. Respuesta rápida. ( N.V….). Cuando terminó, el P. Antonio le dijo: creo que te has comido un caso. Contestación, un puer más).

En general creo que había una alta motivación para el estudio. Muchos de nuestros padres eran agricultores. Queríamos progresar, aspirar a otros oficios y/o profesiones. Para conseguirlo, lo mejor era estudiar.

Rezar. Apartado importante, teniendo en cuenta que la meta última era el sacerdocio. Con frecuencia se oye decir, entre los que han pasado por colegios de curas, que quedaron hartos de misas y de rosarios (algunos podrían añadir los trisagios). Yo no salí harto, pero tengo la idea de que en aquellas prácticas religiosas, se cuidaban más las formas que el fondo. Debo confesar que me distraía mucho, no sé vosotros, pero defiendo aquella costumbre de comenzar el día meditando y terminarlo con el examen de conciencia. ¿Acaso es malo pensar antes de obrar?  ¿Analizar lo que hemos hecho bien y lo que hemos hecho mal? 

Jugar. Jugar también era obligatorio. Cuando llegué al seminario, apenas sabía lo que era un balón. Me gustaba el frontón. Pero pronto me di cuenta de que el deporte rey era el fútbol y a él me aficioné como seguidor y como practicante. En Alcázar no tuvimos TV. Seguíamos los partidos por la radio con auténtica pasión. Recuerdo los eventos futboleros de aquellos años con tal precisión, que yo mismo me sorprendo. Tenía que elegir equipo. Los motivos no los sé, pero me hice del Atlético de Madrid. 

Como practicante, partía casi de cero. Sentía envidia sana de los compañeros que jugaban bien. Había  muchos y no quería decir nombres para no caer en olvidos,  pero  no puedo menos de dar el de M. Zornoza, albaceteño, por su estilo elegante  y práctico. Yo hacía lo que podía. Intentaba progresar adecuadamente para poder jugar en el campo del Alcázar.  Allí se jugaban los partidos importantes, en los que brillaba con luz propia el P. Juan María. Varias veces jugué contra él, y puedo decir que nunca me enfrenté a un marcaje tan difícil. Ni siquiera cuando, cuando en categoría juvenil, me tocó marcar a ese salmantino tan de moda, que no es otro que Don Vicente del Bosque. (Ya sé que jugábamos a más cosas, pero el tiempo…).

Para poner fin a este apartado de los verbos os recuerdo un pequeño conflicto en el que se enfrentaron el verbo rezar y el verbo jugar. Tuvo lugar en el Santuario. Siguiendo el horario, después de rezar el rosario bajábamos a jugar al fútbol. El horario parecía lógico: primero la obligación (rosario) y luego la devoción. Pero resulta que cuanto antes termináramos la obligación (rosario), más tiempo teníamos para la devoción. De ahí que la velocidad que le imprimíamos a las avemarías, a veces, era excesiva. Hasta que un día nos pilló el radar y del Coro salió un bocinazo del P. Andrés que a mí me pareció un trueno. “¿Qué formas son estas de rezar el rosario?. Ese día me tocaba a mí dirigir el rezo y, además, lo hacía desde el púlpito. Asumo que había razones para el reproche, pero también pienso que La Morenita, siendo reina y, sobre todo, siendo madre, no se molestaría por estas pequeñas travesuras. 

Y llegó el 28 de junio de 1964. Esa tarde Lolo Cabezas. Florio Torrecilla, Antonio Regalado y yo, nos despedimos de la Morenita porque nos íbamos unos días de vacaciones. En mi caso, la despedida fue definitiva.

 Agradecimimientos

 Los antiguos alumnos trinitarios, que nos sentimos orgullosos de serlo, queremos aprovechar esta jornada para dar las gracias a cuantos contribuyeron a nuestra formación.

 –          A la orden de la Santísima Trinidad como institución.

–          A los Padres y Hermanos Trinitarios que tuvimos como  profesores y/o maestros.

–          A los profesores seglares. Fueron pocos, pero de algunos bien que nos acordamos.

–          Al personal auxiliar y de servicios. No nos olvidamos de su trabajo, callado, pero imprescindible.

 A los compañeros Trinitarios:

 Nos sentimos orgullosos de los que un día fuisteis compañeros y hoy sois  sacerdotes Trinitarios. Muchos fuimos los llamados y pocos los elegidos. Pocos, sí; pero valientes.  Que el Espíritu Santo os siga iluminando en el cumplimiento de las tareas apostólicas que la Orden os encomiende. Contad con nuestra amistad y nuestra oración.

 Por la jornada:

–          Gracias a Dios porque hemos tenido la suerte de poder asistir a este emotivo encuentro.

–          Gracias a la Comunidad Trinitaria que tan cálidamente nos ha acogido.

–          Gracias a los organizadores ( P. Ledesma, Antonio y Santiago). Han trabajado mucho y bien para hacer realidad lo que hasta hace unos meses parecía sólo un sueño.

–          Gracias a todos los que os habéis atrevido a llegar hasta aquí para compartir nuestros recuerdos y emociones.

–          Gracias a los compañeros que hubieran querido estar y no han podido. A ver si hay otra oportunidad.

 Algunos compañeros se han mostrado reticentes y no han querido venir. A esos les decimos que los hemos echado de menos, que respetamos sus opiniones. Que sepan que si esto se repite y se animan a venir, serán recibidos con los brazos abiertos.

 ____________________

*Marcial Alvarez es profesor en León y fue alumno trinitario de 1960 a 1964.

Nota Final: Nuestro agradecimiento a todos los ex alumnos y familiares que acudieron a este  encuentro en Alcázar de San Juan el 18 de septiembre de 2010  que tendrá continuación en el Santuario de Nuestra Señora de Cabeza en el otoño de 2011. Nuestro calor y agradecimiento especial a la familia de José María Hernández (a Conchi, su esposa; y a sus hijas, Camino, Lourdes e Inmaculada) porque su presencia signicó nada más y nada menos que que él sigue con nosotros. Y gracias también al Padre José María Ledesma, impulsor del encuentro, a Santiago Gómez, el coordinador que encargó de toda la logística y a Francisco Bermejo que realizó un DVD recogiendo todo el pasado compartido. Como bien recordaban el P. Vicente, rector de la comunidad y el P. Provincial, Antonio Jiménez, algo tiene este lugar de mágico para volver de nuevo tantos años después. Como señalaba el eslogan: ¡Bienvenidos a casa!

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