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el amor no pasa nunca

«Quien se olvida de lo bien que lo ha pasado se ha hecho viejo ese mismo día». Recupero esta sentencia de mi admirado Epicuro (Samos, 341 a.C.,- Atenas, 270 a .C.) para rejuvenecer y ganarle un pulso al tiempo perdido.  Un año más llega San Valentín, patrono de los enamorados.  Fue Valentín obispo cristiano de Roma en tiempos de Claudio III. Corría el año 270 de nuestra era. El imperio se desmoronaba y el césar había prohibido por decreto el matrimonio al achacar a los soldados casados sus continuas derrotas en el campo de batalla. Nuestro mártir entonces incitó a los jóvenes enamorados a acudir a él en secreto para unirse en matrimonio. Y esa fue su perdición. Descubierto, Claudio lo hizo detener, mandó que lo apalearan y finalmente lo decapitaron.

Durante su cautiverio dice la leyenda que quedó prendado de los ojos inmensamente azules de Julia, hija de su carcelero a quien devolvió milagrosamente la vista. La víspera de su ejecución envió una nota a su amada en la que firmó: «De tu Valentín». La tradición se encarga de engarzar los Lupercales paganos con Cupido,… y así, llega hasta nosotros la costumbre de enviar postales con corazones… y regalos.

El amor es el sentimiento más universal. Se ama en todas partes y se ha amado en todas las épocas. «El amor no pasa nunca», escribió San Pablo a los corintios. Tenía razón. ¿Qué es la vida sino una persecución continua de la felicidad? ¿Qué somos sin amor? Menos que nada. El amor es el motor del mundo. Nuestro estado de ánimo depende cada instante del nivel de pasión. Hay algo peor que estar enamorado: no estar enamorado. O no haber amado nunca. Recordamos el primer amor y el primer beso, por eso: por ser los primeros. Irrepetibles. Y el último.

Por amor -desgraciadamente- se muere y se mata. Pero, sobre todo, se vive por amor. Amor es compartir. Ya descubrimos, veinte siglos atrás, que el primer mandamiento es el del amor y leímos en Corintos, 13,1-12 que «aunque yo tuviera el don de la profecía, y el de la palabra, y todos los bienes… si no tengo amor, no soy nada». ¿Cuántas veces nos detenemos un instante a meditar, sobre el amor y la soledad? No demasiadas. La Historia ha inmortalizado a Cleopatra, Julio César y a Marco Antonio; William Shakespeare nos regaló el amor trágico de Romeo y Julieta; Zorrilla reinventó un don Juan seductor e irreverente que se salva por el amor de la novicia doña Inés. El cine consagró a Mata-Hari, Valentino y Marilyn como mitos eróticos. Sin amor no se puede vivir, bien se sabe,  cuando lo perdemos; tan imprescindible como el aire, tan fugaz como el viento. Aún nos preguntamos con el poeta. Cuando el amor se acaba ¿sabes tú dónde va? A amar y ser amado se reducen todas y cada una de las vidas en este mundo.  Madre Teresa de Calcuta nos lo enseñó  con su ejemplo todos los días de su vida dedicada a los más pobres de entre los pobres.  Como lo hacen nuestros misioneros Trinitarios desde Madagascar a Perú. Considerando que las personas no deberían sufrir en el corazón, hago mía la proclama de que toda persona tiene derecho a amar y a ser amada; a pisar las hojas secas en otoño, a ver el cielo limpio en invierno, a oler a primavera, y a sentir el verano en la piel. ¿Quién puede resistirse a la ternura de una caricia o a la mirada de unos ojos color miel? Alguien que me quiere -y a quien quiero a pesar del peso de los días-, me susurra las cinco reglas para ser feliz. Anoto: libera tu corazón de odio; libera tu mente de preocupaciones. Vive humanamente. Da más. Espera menos. Al fin y al cabo, como nos enseñó San Agustín, en el atardecer de la vida nos examinarán del amor. No podemos suspender la asignatura más importante de nuestra existencia. Y el amor -no lo olvidemos- como todo lo hermoso de la vida, es gratis.