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… y los sueños, sueños son/antonio regalado.critica de libros

Libro: El viento que viene del mar
Autor: José Luis Martin
2013 Editorial United p.c.eu.
Precio: 19,90 Euros

… Y los sueños, sueños son.

POR ANTONIO REGALADO/
Los que somos de secano no conocemos más océanos que el cielo azul madrileño ni otra estrella menos errante que la de la Osa Mayor. Pero los hombres periféricos cuya primera línea de deseo alcanza el mar adentro, navegan por todos los abismos protagonizando empresas imposibles.
En “El viento que viene del mar”, José Luis Martín nos adentra en un universo que rompe la mayor parte de las reglas de la imaginación para descubrir que un único personaje puede representar a la Humanidad entera. No es cierto que un hombre solo tenga derecho en la vida a alcanzar más de un sueño. El autor de “La caricia del murciélago” nos brinda en 242 páginas una fábula interminable, discontinúa, zozobrante, en la que la ficción se entremezcla con el entorno para trenzar un relato en la mejor tradición del realismo mágico del colombiano Gabriel García Márquez. Un relato de una arquitectura literaria muy personal, con trasposiciones constantes de tiempo y espacio, que hubiera hecho las delicias del propio Jorge Luis Borges.
El escrito abulense describe la existencia de Liberto Binimyut, un joven adoptado por una extraña pareja, Manasú Tortobinga y Aigo Dolsa y recrea un ambiente virtual –hoy diríamos viral- en el que suceden las cosas más asombrosas e inverosímiles. Incluso milagrosas. Su madre, partera y bruja se complementa con un padre oportunista, un constructor de quimeras. Como muchos padres, ambos se equivocan en querer vivir la vida de sus hijos, una prolongación de sus fracasos.
Y es en ese escenario onírico donde el progenitor y su criatura dialogan -a veces con silencios- sobre los temas universales que interesan a todas las personas en todo tiempo y en todo lugar: hablan del amor, de la soledad, de la muerte, de la vida, de las ambiciones, de la tristeza y la orfandad, de la nostalgia y la alegría, del dolor, de la separación y la incomunicación. Todo lo que ha interesado a hombres y a mujeres a lo largo y ancho de los ríos la Historia.
La sirena Xurrai resulta ser una excelente metáfora sobre los miedos y rescoldos ancestrales que acechan a cuantos hemos tenido el privilegio –o el pecado original, la expiación-, de caminar por este valle de lágrimas. ¿Hay mayor delito que el de nacer?, nos preguntamos en voz alta parafraseando al primer dramaturgo de “El gran teatro del mundo”.
El deseo de eternidad
Acantilados cortados como quesos, niños perdidos en la noche, vientos que llegan de todos los nortes, nubes de algodón, torrenteras nacidas en el fin del mundo… todo se reduce a una búsqueda insaciable de la felicidad, el amor/desamor como victoria permanente sobre el olvido y sobre el tiempo.
El protagonista es un hombre cansado y dolorido que siente hambre y sed de amar y de ser amado, solitario, tierno y audaz. Liberto camina por la orilla del infinito. “El amor -repite Aigo, padre del joven-, es necesidad del otro, el egoísmo del otro, el ansia del otro, la dependencia del otro, es para siempre jamás el otro”. “El viento…”, pese a la amargura que rezuman sus personajes, deja siempre abierta una ventana a la esperanza.
Resulta razonable pensar que José Luis Martín ha inventado a Liberto como un personaje paralelo al de Segismundo en “La vida es sueño”, de don Pedro Calderón de la Barca. La libertad, el destino… el libre albedrío. Todos los miedos y alegrías del hombre desnudo de Desmond Morris aparecen y desaparecen en este cuento que nos sumerge en la filosofía budista con acentos de mística persa. La línea entre los deseos y los desengaños de todos los personajes es tan endeble que a veces cuesta distinguir si el personaje vive la realidad o en la ficción. Uno de los grandes momentos narrativos es cuando los personajes se rebelan contra el autor.
La cárcel del Segismundo calderoniano se asemeja a la isla balear (quizás Menorca) descrita por Liberto aunque algunas fotografías orográficas nos retrotraen a paisajes agrestes de la sierra de Gredos, tan lejos del mar y tan cerca de la pequeñez de las personas que la habitan.
Con Oscar Planz, tenemos que repreguntarnos: ¿Dónde está la verdad? ¿Dónde empieza el delirio? ¿Dónde terminan los sueños? ¿Cómo interpretarlos para sobrevivir? Lo hermoso de los sueños es que poseen fronteras visibles sin horizontes remotos; se exhiben como un panorama en 3D y en tecnicolor. Nacemos piedra de camino, guijarro sin tallar y las circunstancias nos marcan la predestinación. ¿Qué queda al control? ¿Son más fuertes las circunstancias que el derecho personal a decidir? Puede que sí.
“El viento que viene del mar” nos azota en todas direcciones y retrata fielmente la irritabilidad de los cielos y su venganza inapelable. El hombre es un grano de arena en el desierto de la nada, una gota de agua en la inmensidad de los siete mares. Solo queda pensar que el amor sobrevive siempre sobre el odio hasta acampar en la eternidad. Una filosofía unamuniana que aún amenaza con enterrarnos en la masificación, en la globalización, diríamos hoy. ¿Nos hemos convertido marionetas en manos de extraños y reducidos grupos que programan nuestras energías y nuestro proceder? Da la impresión que también.
Somos no obstante, al fin y al cabo, el recuerdo que permanece en la mente y en el corazón de nuestros seres queridos, de nuestros coetáneos, una vez vencidos por el último aliento. Pura vanidad de vanidades sin plenitud de plenitudes. Una quimera, una penumbra.
Este deseo insaciable de no morir, de permanecer en la memoria colectiva, quizás sea el mensaje más nítido que nos transmite Liberto mientras los vientos fríos y turbulentos del noroeste a norte –una incesante e incontrolada tramontana- hielan y enajenan nuestras mentes en las costas de un alma abrazada a las dudas. Liberto somos todos incluso en su inconfesable dualidad de genero hombre/mujer, Liberto/Lucía, declara en un momento de valentía y sinceridad. Otra explicación de esta oda alambicada escrita en noches de insomnio, persigue –reiteramos-, instalarse definitivamnte en la otra orilla de la inmortalidad. . “Amar y ser amado”, a eso -nada más y nada menos-, se reduce nuestra existencia. Un sueño eterno sin despertares. Un grito de rebeldía, de rabia, de desesperación. Pura contradicción como la vida misma. Y bien sabemos, desde el Siglo de Oro, “que toda la vida es sueño/ y los sueños, sueños son”.