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colgada del amor/antonio regalado

 

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Tras cuarenta años de régimen de los ayatolás, se siguen ejecutando a ocho personas cada semana por “delitos” contra la moral pública”

 

     Colgada del amor

POR ANTONIO REGALADO                                       

No ocupará nunca las portadas de los periódicos ni abrirá los telediarios. Su caso, perdido en las páginas de sucesos, no movilizará a los progresistas y a las feminazis de salón. Habrá que seguir golpeando sus conciencias para que no olviden la historia de Atefe Rayaba porque no es la primera ni será la última víctima del integrismo, esa dictadura religiosa que cercena los derechos humanos todos los días y a todas horas. Y que nos invade como una plaga bíblica.

La noticia fechada en Mazarán (Irán), llegaba en los estertores del último estío. Mazarán es una ciudad que nació a la vida al ponerse en marcha la presa de Shahid Rajaee y que, gracias al río Dodogangh, riega 52.000 hectáreas de terreno antes baldío. Un paraíso que ahuyentó las inundaciones y la muerte, asentado al noreste de Teherán, junto al mar Caspio.

La construcción primero y el establecimiento después de una colonia de trabajadores de la central hidráulica, permitió que Atefe, 16 años, una bella joven, -negros cabellos como la noche oscura del alma y ojos color miel-, conociera al hijo del ingeniero de la obra. Cupido hizo el resto.

La policía religiosa de los ayatolás, tras las denuncias de un vecino despechado, no tardó en acechar a la pareja bajo los pinos resineros a punto de estallar. Aquella tarde, mucho antes de que la luna abandonara su lecho, no acababa nunca. Un ligero viento del este mecía las hojas de los árboles. Los enamorados, con el fuego en el cuerpo, se fundieron en uno. Y en esa entrega, donde el mundo se torna plenitud, en ese instante mágico y único, los vigilantes de la virtud los pillaron in fraganti.

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El resto de la historia, para Atefe, es fácil de imaginar: detención por “actos contrarios a la castidad”, encarcelamiento y juicio. A fe que fue un juicio injusto. Atafe Rayaba tuvo que asumir su propia defensa porque el juez le negó el derecho a un abogado. Y el de oficio se excusó por enfermedad. Por cierto, el juez, que es además el fiscal del distrito, se la juró cuando la asustadiza joven, en un momento de dignidad a lo Juana de Arco, criticó la hipocresía moral del país y osó, como protesta, quitarse la ropa ante el tribunal.

Rebelde con causa. Culpable. Entonces, el magistrado, montó en cólera, abandonó otros quehaceres y se juramentó darle un escarmiento a ella y a sus conciudadanos tras firmar, sin que le temblara el pulso, su condena a muerte. En menos de tres meses obtuvo la ratificación del Tribunal Supremo y la firma de Mahamud Sarudi, presidente de la máxima instancia de administración de Justicia de la República Islámica iraní. La familia no pudo invocar el derecho de gracia.

La sentencia se ejecutaba días después en la calle del ferrocarril, en el centro de la ciudad de Mazandarán, lugar destinado a los espectáculos públicos. El propio juez, cuyo nombre se omite en la crónica de urgencia, -siempre se protege a los torturadores- se encargó de ajustar la soga al cuello de la joven Atefe y, alzando el brazo, dio la orden para elevar la grúa de la que colgó la joven que había cometido el pecado de enamorarse. Colgada del amor. Con el balanceo la sangre hirvió por un momento en sus venas. Añade la noticia que, consumada la ejecución en la plaza pública, el propio juez explicó a los familiares que había sido ahorcada por su descarada actitud en la sala.

Atefe Rayaba fue enterrada esa misma tarde con una sonrisa giocondiana. En su mano derecha, de interminables y huesudos dedos, los verdugos encontraron una carta, denunciando el sistema político y religioso; pedía perdón a sus padres y hermanos por la deshonra. Reiteraba en la misiva su amor por su Romeo: “he conocido la felicidad. Muero pensando en ti. No te olvidaré nunca. Gracias, amor. Siempre tú. Siempre”.  Recordemos la carta de San Pablo a los Corintios: “el amor no pasa nunca”, les explicaba. Pero…  pasamos nosotros.

Al otro lado de la noche, su tumba fue profanada y su cuerpo desapareció. Sin más. La familia –apestada socialmente por tener una hija que no llegaría ya virgen al matrimonio- espera inútilmente explicaciones por esta salvajada. Todavía.

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El galán con el que yació la joven ahorcada y cuyo nombre tampoco se refleja en la noticia –ni ella desvelaba en su última misiva-, noticia, decíamos, llegada de las orillas del Mar Caspio, fue condenado a 100 latigazos y después quedó libre.

Violencia histórica

He aquí discriminación real y violencia de género en estado puro. Y sin que ninguno de nuestros pancartistas de fin de semana escriba un Whas App de protesta o se manifieste ante la embajada de Irán en Madrid, París o Londres. Siempre es más fácil mirar hacia otro lado.

Cuatro personas son ahorcadas públicamente en la antigua Persia cada semana –no se pierdan el detalle- en presencia obligatoria de sus familiares. Por lo de escarmentar en carne propia. Es una marca que estigmatiza también a los deudos y amigos de por vida.

Tiempo atrás, seguimos en Oriente Medio, la policía política de Arabia Saudita cerraba las puertas de un colegio en llamas impidiendo salir por la ventana a sus diecisiete ocupantes –diecisiete señoritas- porque previamente se habían despojado de su toca y se les veía la cara. ¡Ojo al delito!

Perecieron achicharradas ante la complacencia de los viandantes que apoyaron a los policías. Insólito y cruel. Así es el sistema islámico. Lo del Daesh  es solo una derivada sangrienta más. Lo de la ablación –extendido por medio África- es una broma comparado con la realidad de cada amanecer. ¿Cómo no recordar de nuevo la condena a lapidación de Amina Lawal?

Cuando la religión se antepone a la razón y a la libertad nos topamos de golpe con la intransigencia y con los fantasmas del miedo y del pasado. El integrismo es el nuevo nazismo de nuestro tiempo. Así de simple. Los que hablan de lucha de civilizaciones saben perfectamente que con los islamistas no se puede dialogar en igualdad de condiciones. Su religión es el odio y de ahí su odio a las otras religiones. Todos somos infieles y merecemos la muerte.

Cuando no hay libertad, obvio es insistir, tampoco existe democracia. Tanta crueldad no puede albergar esperanza ni futuro.¿Qué edificio se puede construir sobre las cenizas del asesinato de una joven a sangre fría? ¿O de miles de niñas  como las víctimas africanas de Boko Haram?  ¿Qué clase de religión permite masacres legalizadas en su código Penal? ¿Dónde se oye la voz de Naciones Unidas? No una religión de paz, no una religión de amor, no  una religión de tolerancia.

Elevemos una plegaria por el descanso eterno de la joven Atefe Rayaba, que se rebeló sola, tremendamente sola, contra el poder iraní. Aprendamos la lección. Quedan aún miles de Atefes luchando aún por pasear su amor por los hayedos y pinares. Mañana, quizás mañana, los jóvenes musulmanes podrán amar, además, en libertad. Su semilla florecerá, a lo mejor, en primavera.

Que los creyentes pregunten a Alá, el grande y el misericordioso, por qué permite tanta crueldad inmisericorde. Y que nos lo expliquen a nosotros, los infieles. Y a los padres de Atefe. No invocamos blasfemia si no la clemencia del Altísimo. Pero no habrá respuesta. Tan sólo escucharemos el silencio de la soga en las alturas de la grúa, asfixiando el cuello de Atefe Rayabam, la joven tierna de ojos color miel, colgada del amor.

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