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Julián: “Eres un poeta infinito. Tus versos se sienten, se sueñan, duelen;  apasionan, seducen, excitan, enardecen, arden, embriagan, embrujan y transforman. Tu poesía es adictiva.  Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma”.

  Aricando la infancia

ANTONIO REGALADO  (1)

Querido Julián: me has pedido que hilvane unas palabras sobre nuestra infancia para tu último poemario Sembrados a voleo. Será un placer aricar aquel tiempo de amistades profundas a pesar de las migraciones  forzadas por la falta de surcos y de oportunidades.

Mis primeros recuerdos (años 53-54 del pasado siglo) tienen como principal escenario a la escuela pública. Teníamos  un maestro excelente, don Onofre Herrero Martín, que se jubiló en julio del 57. Recuerdo que aprendíamos a leer recitando “El Quijote” y “De los Apeninos a los Andes”, la novela de Amicis Corazón que nos narraba las desventuras del  amigo Marco buscando desconsolado a su madre tres décadas antes de que TVE lo popularizara en España.

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Recuerdo como si fuera hoy el frío que se pasábamos  en el invierno y el permiso  que había que solicitar para calentarse las manos y salir a “hacer las necesidades”. Aprendimos algo importante: el respeto a nuestras autoridades. En esos años asistimos a un fenómeno hoy desconocido: las clases nocturnas para mayores.  Era el principio de la erradicación del analfabetismo. Nosotros teníamos clases de lunes a sábados (había fiesta por la tarde los jueves) de 10 a 13, 30 y de 15 a 17,30. Luego, clases extras para los damnificados de tiempos pasados.

Guardo un buen recuerdo de aquel tiempo de  don Onofre; no así de don Arturo, el secretario (y creo que hermano suyo) que hacía las suplencias cuando tenía que viajar a Salamanca para acudir a la Inspección. Su severidad confirmaba ya entonces que con el miedo no se puede ir a ninguna parte.

Una placa en la parte frontal de la escuela recuerda para siempre a don Onofre como un gran benefactor de nuestro pueblo. Él impulsó a estudiar el bachillerato y luego las carreras a tres personas que influyeron mucho para que yo abandonara nuestro pueblo: a Baltasar (ingeniero de Camimos, Canales y Puertos) , a su hermano Francisco (abogado)  y a Amador, el del panadero, que se licenció en Económicas. Fueron los primeros universitarios de Aldehuela. Y para mí todo un ejemplo a imitar. Ir a la universidad era entonces un sueño inalcanzable.

¿Te acuerdas de aquel viaje al Campo para ver a Franco en 1956? Fuimos andando hasta allí, atrochando por la cuesta de La Llanada. Era como escalar el Everest. Cuando habías escalado esa montaña  con la bici, ya podías considerarte casi un hombre.

La comitiva de coches pasó tan rápido que no pudimos verlo ni aplaudirlo. Por cierto, es el único “comportamiento fascista” que tuvimos de pequeños porque no llegamos a aprendernos ni el Cara al Sol ni Montañas Nevadas.

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Luego, llegó don Tomás, que vivía en Sebastián Rubioestuvo dos cursos. Y, lógicamente, nos abrió nuevos métodos de enseñanza; había libros. Si no me falla la memoria, la Enciclopedia Alvarez nos explicaba todas las asignaturas con sus dibujos específicos. Don Antonio llegó de Añover de Tormes. Tengo la certeza de que venía en un camión con enseres personales y algo que me sorprendió: leña para la lumbre. Yo estaba a la puerta de casa cuando a media tarde arribó el camión y ayudé a descargar  las pertenencias. Consiguió que viniera la Biblioteca Popular (¿Biblioteca de Autores Cristianos, la BAC?) cada quince días,  y permitió la prestación de libros clásicos y de poesía en todas las casas. Pudimos leer por vez primera a Calderón, a Lope y a Tirso de Molina.

Don Antonio fue un hombre trascendental en nuestras vidas. Diré por qué: porque nos alentó a muchos a marcharnos a estudiar a los colegios religiosos y al Instituto salmantino  Fray Luis de León. Primero, vinieron  los agustinos y se llevaron a  Dori, el del señor Heliodoro, el peluquero y capataz de la carretera; luego, los dominicos, con José Luis, hijo de un guardia civil y después, casi en tromba, en los años 59 y 60, nos fuimos  Agustín Tello, y José  María Montes, Paco San Teodoro  y yo, que nos dejamos seducir por un hombre santo, el padre Antonio Moldón, trinitario zamorano que tras pasar 20 años en Roma, vive aún en el convento de Valdepeñas. Casi todos éramos monaguillos de don Celestino Lurueña, otro de los personajes fundamentales en nuestra infancua.  Inventó la pistola de agua y mantuvo una imprenta que recuperó viejos libros y misales. Ser monaguillo de don Celestino imprimía carácter.

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De esos finales de los 50, recordarás querido Julián, la leche en polvo más blanca que la nieve que nos preparaba la señora Manuela en el recreo, al filo de las 11; leche por la mañana y queso amarillo por la tarde. Una merienda a veces con mantequilla y galletas.  Era la contribución norteamericana por la firma de las bases en España y nuestro pequeño Plan Marshall para paliar las estrecheces.

Como hijo de labrador, en casa no pasábamos hambre porque matábamos tres cerdos  todos los años; pero también hay que decir  que el plato de cada día era el cocido. Los domingos, paella. Y las sopas de ajo por la noche. Tengo bien presente que mi madre nos decía: “esto es lo que cenan los marqueses de Albayda”. Y yo le respondía: “Pues yo no quiero ser marqués”.

Don Antonio Pérez de  Herrasti y Orellana  y doña Matilde Narváez, (marqueses de Albayda) acudían a la iglesia parroquial a la misa de los domingos y de las fiestas de guardar, en especial en los meses de verano pues vivían  en la finca de Mozarvitos. No podía empezar la ceremonia hasta que llegaban los señores. Y yo era el encargado de abrirle la puerta del coche y decirle, “buenos días, señora marquesa”. Ocupaban un  lugar preferente en la parte delantera izquierda de la iglesia.  Era lógico porque ellos pagaban todas las facturas de las casullas nuevas, de los cálices y se ocupaban de sufragar además todas las festividades.  Luego, íbamos a la finca de don Antonio Pérez Tabernero y a Tejadillo a decir más misas. La propina era de 10 o 20 céntimos. A veces 25. Un dineral para Julián Berrocal y para mi.

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El peso lento del tiempo

De aquel tiempo de inocencia recuerdo llegar a doña Tere por “El Romeque”, con don jóvenes hermosas, hijas de un guardagujas de la estación de Renfe. En el recreo siempre íbamos a verlas. Parecían llegadas directamente del fin del mundo. Creo que eran mellizas, lo que añadía cierto morbo porque equivocábamos sus nombres. Una se llamaba Mary. Nunca debí olvidar el nombre de la otra.

La llegada de los trenes los domingos por la tarde desde Irún-Medina del Campo  hasta la frontera portuguesa y su espera de 15 minutos para repostar agua eran todo un acontecimiento social. Los pasajeros bajaban y tomaban cerveza y vino tinto El Cajón. El depósito del agua es un gran monumento de acero que sigue vivo aún  y era un espectáculo ver llenar los depósitos de los trenes de carbón con ese torrente de agua que parecía inagotable.

Y hablando del agua,  convendréis conmigo en que la llegada del agua al pueblo con sus tres caños, resultó esperanzador y revolucionario.   No más viajes con los burros o con el cántaro a la cabeza, a buscarla a la fuente. Las calles estuvieron abiertas en canal varios meses pero mereció la pena.  Al año siguiente todos teníamos agua corriente en las casas y corrales. Y nos duchábamos con  el confort del calentador gracias a las bombonas de butano.  Atrás quedaban los  barreños de agua tibia en los que nos habíamos aseado hasta entonces.

Y cuando ampliaron el depósito de las aguas, tengo muy presente a mi tío Victoriano, renovando el agua de las pozas nuevas -centro de reunión de las mujeres-con su PIVA, que traía desde San Muñoz en una moto. Quiero creer -si no me falla la memoria- que le pagaba el ayuntamiento entonces 20 pesetas. Y luego, 30. Gastaba 10 en gasolina.

Las muertes de Domingo, de meningitis,  y de Jose  el de la señora Pilar la del comercio, en un accidente al ser despedido de un camión al que se agarró, me impactaron muchísimo. Domingo era sacristán, amigo íntimo y Jose porque acababa de verlo con vida unos minutos antes. Aun puedo ver su sangre derramada frente a la casa de la tragedia, la de Julita.  Todo el pueblo lloró sus muertes.

Los días se hacían interminables en verano. Y salvajemente cortos y fríos en invierno a pesar del brasero,  de las bolsas de agua caliente para dormir y de los apagones casi diarios a 125V.  Con especial cariño recuerdo los carámbanos colgados de las tejas que arrancábamos como si pudiéramos conservarlos para siempre en congeladores que no teníamos.

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Y, recordarás amigo Julián, cómo aprendimos en La Llaná a nadar en los caozos del río que hoy le dicen arroyo de  Valdemoro, aunque juro que nunca escuché ese nombre de pequeño. Estoy hablando de los meses de febrero y marzo porque en verano nos bañábamos en la charca de Sancho Bueno, de unos 20 metros de diámetro,   subidos en  los neumáticos de las ruedas parcheabas  de los camiones que había en el pueblo: el del señor Jesús, el padre de Chuchi, y el del señor Saturnino, el minero.

Jugar a pídola, a las carreras de coches con los platillos de las cervezas, a la peonza, al escondite, al castro  y a resbalar sobre la yerba mojada, con peligro de que  se rompieran los pantalones… eran junto al futbol  con pelotas de papel y cuerdas,  los deportes favoritos.  A veces terminábamos las batallas a pedradas. Hace unos años, me hicieron un scanner  y me encontraron una zona necrosada. Tardé en recordar que fue  una pedrada de uno de los “enemigos” de entonces. Recuerdo quien fue pero ya no le guardo rencor.

Refresco la memoria colectando comida (huevos, chorizo, salchichón, tocino,  morcillas, longanizas,  lentejas, garbanzos), que se hacía en Cuaresma y que luego se entregaban a las familias más necesitadas. Recorríamos las casas a petición de don Celestino y luego él nos regalaba huevos que nos preparaba la mujer del señor Laureano, la señora Asunción. Un año tocamos a media docena por sacristán  y casi reventamos.

“Correr los gallos”, arrancando las cabezas que colgaban de dos carros empinados a lomos  de caballos veloces  o de burros percherones,  siempre me pareció algo salvaje. Afortunadamente yo era pequeño y nunca participé.  El tiempo se encargó de abolirlo. Hoy nos hubiera denunciado todo el gremio animalista. Asocio este acto al juego del marro  (“la calva”)  que contaba con tantos especialistas en Aldehuela porque se jugaba los domingos en el mismo espacio de las eras, junto a la fragua.

En las Fuestas de la Virgen del Rosario, el primer domingo de octubre, todo se desbordaba. Preparar la plaza con carros era pimordial y empezaba el jueves anterior. Los labradores cedían los carros y los mozos (y los chavales) los llevábamos hasta lo que hoy es el silo. Teniendo yo seis o siete años, Angel Carrasco me dio un vaso de vino… o yo sé de qué más, y quedé fulminado. Desperté el martes siguiente con una tremenda resaca. Nunca me he vuelvo a emborrachar. Disparar a las dianas con escopetas de feria -nunca mejor dicho- eran el mayor reto. Mi hermano Manolo, Chuchi y Satur, eran los campeónes.

La Semana Santa siempre resultaba muy solemnes, en especial en dos momentos: la subasta para sacar y meter al  Cristo en la iglesia y la entrega de los barreños con comida a las familias más pobres. Siempre me parecieron dos actos muy humanos: uno para dar las gracias a Dios por algún acontecimiento personal (salir bien de alguna operación quirúrgica)  y dos, por solidaridad. Se me desvanece el pensamiento cuando puedo visualizar a alguna persona hambrienta en la Casa del Pobre junto al río. Los viandantes  daban más miedo que compasión. Todas las familias les entregaban algo para mitigar sus penurias. Luego se iban o otro pueblo.

Y no puedo desvincular nuestro pueblo  tampoco de las minas de mica y feldespato que “contaminaban” con diminutas partículas plateadas todo el centro del pueblo. Don Saturnino y los suyos  conmemoraban cada 4 de diciembre la celebración de Santa Bárbara, su patrona. Una fiesta por todo lo alto. Y cómo no rememorar la explosión que hirió gravemente a Benigno. La falta de información tras el accidente nos hizo temer por su vida.

Avanzando en esta tarea tan labradora y otoñal, decir que  siempre me pareció un lujo que hubiera cinco bares en el pueblo: el de la señora Baralides, el del señor Laureano, el de los Carrascos, el de Jovi y el de Juan, “El Chinito”. Allí conocimos  a Manuel Benitez “El Cordobés” cuando era maletilla. Y en la estación, teniamos tres más: el Cajón, de Jesús  el cartero de Sanchón y La Sagrada, El Mesón (que hoy sigue regentado por Alipio)  y el  de la señora Olimpia, que estaba en la general frente a la Fábrica de harinas. No éramos ricos pero tampoco necesitábamos mucho para ser felices. Además, entonces disponíamos también de  dos salones de baile aunque yo no he aprendido nunca a bailar ni el pasodoble. Y de dos panaderías, la del señor Amador y la del señor Demetrio.

E34704E7-69EC-4D71-AB53-54E7C671C641.jpegCielo de Aldehuela de la Bóveda.

En julio de 1959, como a las siete de la tarde,  recuerdo como si fuera ahora mismo, que estábamos esperando el tren y Juanito (q.e.p.d.) el hermano de Satur, llegó en su bicicleta de carreras  y anunció:” Fermín Bahamontes ha ganado el Tour de Francia”. Lo había escuchado en la radio. Muchos todavía escuchábamos el Parte de RNE y al padre Peyton por la de los vecinos. Lo celebramos con vino, Revoltosa y unos chochos. (Cuarenta años después, yo entrevistaba en directo en TVE-CLM en Toledo  a aquel campeón)

La fabrica de harinas que perteneció a mi tío Francisco, con sus cintas transportadoras, su polvo permanente y los restos de salvados, era la industria principal; convertía el trigo en harina blanquísima para el pan. Pareciera un lugar encantado, casi mágico para los niños. Yo la visité en varias ocasiones porque el administrador, Sebastián, era pariente porque su madre, la tía Catalina, era prima hermana de mi padre, Manuel Regalado.

Nuestro pueblo poseía en aquella época  también un cinturón verde con frondosos huertos en la fuente, en  las pozas de lavar la ropa, al lado del río subiendo a tu casa, Julián, y entre el cementerio y el río que viene de Robliza, junto a la finca de Castro. Se desbordaba con frecuencia y ello  aumentaba sus cosechas.

El señor Agustin, amigo de partida del tute  de mi padre los domingos, nos surtía de las mejores verduras. La competencia vendría de los Marciales que trabajaron con fervor el huerto de la Fuente, comprado, creo, Heliodoro. La fruta -excepto los higos- llegaba en abundancia de la sierra de la Peña de Francia y el vino y el aceite en pellejos. Las aceitunas, inmejorables.

Había agua en abundancia, -hacíamos tomas- y corría un hilito incluso en el verano que agradecían las parejas uncidas  durante la trilla. Y había ovejas y cerdos. Y los pollos y los milanos… ¡que viene el milano¡ era todo un grito de guerra, para proteger  a los polluelos.

Recordarás conmigo a algunos aviadores de las bases del Campo bombardeándonos con octavillas de apoyo a la causa. Y todos cobtestábamos lo mismo: “Menos Franco y más pan blanco”, a pesar de estar tan cerca de la ermita de Santiago donde se celebró la histórica reunión en la que se le designó Jefe del Estado y Generalidimo de los Ejércitos. No conocí en el pueblo ningún sospechoso antisistema, al fin y al cabo, don Celestino era capellán de Franco. Hoy, ochenta y tres años después, las pistas son un erial y la iglesia es una ruina no tiene okupas”.

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Prosigo, Julián,  aricando: al leer  uno de tus sonetos recobré la imagen de Flora, la de la Casilla, joven lozana hija de uno de los guardagujas que traía una cántara de leche y una medida de un litro por un lado,  y medio por el otro. Una cántara con su corcha. ¡Hacía años que no escuchaba esa palabra¡

Ha pasado demasiado tiempo y  nuestro común amigo Ángel Benito, otro artista de los pinceles, me refresca la memoria del nombre de la señora que nos surtía de pescado los jueves y sábados. Se llamaba Teresa.  Creo que sustituyó a otra pescadora anterior que venía de Salamanca en el tren de la mañana y traía siempre cuatro cajas con sardinas, merluza, bacalao y bonito envueltas en hielo escarchado. Buena gente.

Y cómo no tener presente el comercio del señor Quico, con su placa que anunciaba Tejidos y Coloniales. Con Jesús, su hijo, nunca nos ha faltado de nada. Y ahí sigue en la brecha, sumando sin calculadora y sin equivocarse. Y evoco de pasada al señor Miguel (“Maderas”) que diseñaba las mejores garrochas mientras su hija Ninfa y su nieta Pilar regentaban el teléfono. Y cómo no reseñar a las rebequeras… con su nueva tricotosa. Y al señor Jesús y a su hermano “el mudo”, que fabricaban carros. Y a Ángel el de Orófila,   siempre tan ocupado de sol a sol con su nuevo molino. Para nosotros vecinos desde siempre y como de la familia.

Del señor  Crisóstomo, el suegro de mi cuñada  Teresa, retengo tres imagines: cuando tiraban el tejado para levantar el segundo piso de la casa, – yo iba a la escuela y me volví para verlo- , cuando construyeron la nueva cochera y no nos dejaba jugar a la pelota y cuando se quemó el  cernidero. Tocaron las campanas para alertar al pueblo pero el incendió se propagó sin piedad. Incluso me acuerdo cuando compró un EBRO y una MONTESA que utilizaban los nietos, hijos de Isidro. De  Isidro, casado con Violante,  me hice amigo años después. Era un gran anfitrión y un excelente conversador.

Tengo una visión casi reciente del día que el señor Antonio,  se marchó a Venezuela; le despedimos en la estación. Dolores, Víctor y Miguel lloraban sin consuelo. Y  asímismo, del día que regresó unos meses después con las orejas “aguchás” sin hacer fortuna. Le recibimos con los brazos abiertos a pesar del fracaso. Siempre es bueno volver a casa.  Y no puedo dejar de reseñar  las partidas de julepe que eran el vicio “nacional”  de aquel tiempo y que mantuvimos hasta que la crisis de este siglo nos castigó a ser personas decentes y honorables.

Sería injusto si no mencionara al doctor Benigno  Gay, que atendió a mi madre  en doble parto – Manolo yo  fuimos sietemesinos  y vivimos de milagro- , y que una noche me sacó  un garbanzo de la nariz; don  Benigno fue el primer comprador de un 600 en el pueblo  y su hija Amelita la primera que tuvo una cámara  de fotos en Aldehuela y nos inmortalizó en blanco y negro en las parvas.

Aun veo con claridad a Maruja, la del señor Bernardo,  que era la practicanta del pueblo. Y a sus hijos Guillermo y a Alvaro, campeón de España éste en 600 metros.  Y a sus hermanas,  Vicenta y Rosa, grandes animadoras del rosario por las noches.

El punto de encuentro del pueblo para los hombres era la fragua de Jesús, el herrero, situada junto a la carretera en el camino De la Fuente, heredada de su padre. Allí a poco espabilado que fueras, te enterabas de todo. De lo bueno y de lo menos bueno.

De alguna visita a tu casa, querido poeta, arriba en el monte, recuerdo una candela de aceite porque no tenías  electricidad y la lumbre;  y  de haber ido a coger bellotas en las encinas que la rodean. Y me acuerdo  de tu padre, Bonifacio. Y de tu hermana Rosa… ¿Tienes un hermano mayor que se llama Martín Martin Martín?, –pregunto.

El señor Agapito Regalado era un vecino labrador muy amigo de mi padre. El Día  de Año Nuevo del 54 -quizás el 55-  toda la familia estábamos en el Salón de Baralides. La casa estaba abierta, como era habitual, y el señor Agapito entró en casa. Cuando llegó mi madre movió las tenazas de la lumbre. Mi madre salió despavorida. Llegamos todos. Y repitió el efecto. La guardia Civil rodeó la casa y le pidió que se entregara, pero nadie contestaba.  Después de una media hora eterna… la pareja de la Benemérita amenazó en voz alta con entrar. Tras unos minutos de silencio, el señor Agapito salió con las manos en alto, susurrando:¡No disparéis que doy Agapito! ¡No disparéis que soy Agapito.

A punto estuvo de que le dispararan.  ¿ Porqué has hecho eso?- le dijo mi padre. El hombre no supo qué responder. Estaba avergonzado. Todos lo celebramos con pastas, floretas, coñac   y anís pero en nuestra casa el fantasma del Sr. Agapito cabalgó por las dos cocinas que teníamos durante al menos una década.

Meses después, nos enseñó a mi padre 6 a mí una caja que tenía guardada en el corral. La abrimos y ¿qué había dentro? Centenares de cajas de cerillas compradas muchos años antes, como inversión. Estaban húmedas e inservibles  y las quemamos en la cuneta de la carretera. Fue a la primera persona que le escuché decir siendo un niño que “había que invertir en ladrillos” de la fábrica de Robliza.

La amistad del señor Agapito con mi padre -creo que eran algo de  familia- no se quebró. Al contrario, siguieron hablando de las batallas de la guerra al calor de la lumbre. Nos prestó un corral gratis total para meter las ovejas  al menos durante 15 ó 20 años. Buena gente aunque su comportamiento resultará  tan insólito en aquella noche del primer día del 55.

Pero hay un hecho que nadie nos explicó nunca en el pueblo: por qué se abandonó la iglesia de la estación. ¿Un incendió provocado? ¿Alguien se hizo rico quedándose los cálices y las patenas bañados en oro? ¿Por qué no se ha recuperado para el culto tan hermosa “catedral”? Todos los pueblos tienen sus secretos y el nuestro tiene derecho a seguir guardando ese misterio.

Un punto y aparte para mostrar el respetos a la Guardia Civil que tanta protección nos dio durante aquellos años de escasez. Y a sus familias que siempre se integraron como si hubieran nacido en Aldehuela. Hoy el cuartel es nuestro Ayuntamiento, la Casa de todos. Nuestro reconocimiento a la Benemérita. Gracias.

Finalmente me referiré a un acción  vergonzante de la que fui protagonista. Cuando don Antonio se ausentaba de la escuela, su hijo Emilio se autoproclamaba el “sheriff” del lugar. Yo no estaba de acuerdo así es que discutí con él;  me amenazó con la regla y yo le di un puñetazo en el ojo derecho con tan mala suerte que cayó y empezó a sangrar. Llegó su padre, me pegó con el palo redondo en la yema de los dedos  y alguien se lo chivó a mi padre. Me dio dos guantazos y me mandó a dormir al pajar.

Amparo, mi madre,  y mi tía Rufina, se apiadaron  de mí y al filo de la medianoche me llevaron una manta. Aprendí algo: no hay que pegar nunca al hijo de un maestro. Espero que Emilio me haya perdonado. Nunca he vuelto a pegar a nadie. Y, por cierto, no me quedó ningún trauma por el doble y merecido castigo.

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Desertor del arado

Invocando la nostalgia rural amigo  Julián, aún retengo en mis pupilas el primer tractor que llegó al pueblo: fue el IFA del Amo Nuevo, el padre del señorito Víctor y del señorito Jaime.  Años después llegarían las trilladoras, alimentadas por arriba que recogían el trigo por el lateral izquierdo y expulsaban la paja ya trillada. Pocos años antes habien hecho aparición las segadoras; primero, tiradas por un par de bueyes  y luego por los tractores. La revolución tecnológica llegaba en los sesenta al campo y produjo una emigración masiva; sobrábamos mucha gente. Los destinos estaban claros: Madrid, Barcelona, Asturias, Bilbao, Barcelona, Francia, Suiza y Alemania. 

Mirando hacia atrás sin ira, contabilizo en aquella época casi una veintena de labradores. Hoy quedan tres. Mi padre, como bien sabes querido poeta, disponía de apenas unas pocas hectáreas, distribuidas en casi 15 parcelas (fincas, le dicen en otros sitios); tenía una pareja de bueyes, dos vacas y unos novillos que vendía anualmente  en la Feria de ganado en Salamanca para sobrevivir.

Utilizaba el arado romano. Y justo el año en que yo me fui al seminario, estrenaba una vertedera… todo un prodigio `para arañar más profundamente la tierra…”,  una tierra  nuestra en la que, como bien  sabes,  debajo de una piedra hay otra piedra.

Yo la verdad es que envidiaba a los amigos de la escuela que no tenían que trillar, ni levantarse a las cuatro de la mañana para ir a buscar con una copa de orujo o de aguardiente, a la raya de Olleros,  los haces  de trigo, de avena o de cebada; luego, almorzar; eso sí, patatas, tocino, chorizo y medio huevo, -el otro medio era para mi hermano Manolo– y , a trillar jornadas de mañana y tarde. Los trilliques malos (yo lo era) no teníamos derecho a siesta y debíamos vigilar las yuntas. Lo peor era meter la paja y se remataba el calvario del verano con la siega de los garbanzos. Y el respigo… Tengo mi herida abierta todavía en el dedo corazón izquierdo por segar garbanzos.

Aventaba yo mis esperanzas pensando en desertar del arado. Y a fe que en el 59, cuando los trinitarios se llevaron a Tello y a Montes, vi el camino despejado. Al año siguiente, con 12 años, me  apunté. Y mis padres, con gran sacrificio, -tenían que pagar 100 pesetas cada mes- me apoyaron. Nunca se lo agradeceré bastante.

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Tejiendo estas ideas de la infancia, recuerdo la aventura de viajar en el tren hasta Salamanca con mi madre sin billete de vuelta. Era mi tercer viaje a la ciudad; la primera para comprar el traje de la Comunión y la segunda para operarme de apendicitis en el Hospital de la Santísima Trinidad cuatro años antes. En esta ocasión, me duché por vez primera en casa de mi tía Dora;   luego, por la tarde, el encuentro con los futuros compañeros trinitarios. Era  mitad de septiembre.

Apasionante el viaje en coche de 3ª naturalmente, en el tren a Madrid vía Ávila –casi seis horas y media- y la experiencia de montar en metro  porque en la estación del Norte nos esperaba Angelita, la hermana mayor de Paco San Teodoro que vivía en la capital  y nos llevó  hasta la estación de Atocha. Montar en metro fue toda una odisea con su transbordo en Sol. Pero, lo que aún tengo presente,  tras la parada del tren a Andalucía en Villacañas (¡Villacañas, 3 minutos!), no fue  la llegada en la mitad de la noche oliendo a vides recién cortadas a Alcázar de San Juan (Ciudad Real),  sino el día siguiente.

Nos reunieron a todos los  seminaristas en el Estudio y un padre  nos advirtió de la seriedad del trabajo y del futuro: “Bienvenidos: debéis saber  que vuestros padres pagan 100 pesetas al mes (1,2 euros de hoy); se os ha solicitado una beca del PPO (Principio de Igualdad de Oportunidades) de 1.000 pesetas mensuales. Si no aprobáis   en junio  el Ministerio de Educación  os la quitará y tendréis  que volver  casa”. Ese día me juramenté para no perder jamás ninguna beca. Me convertí en un desertor del arado, sí; pero no ahorcaría los libros. Nunca.

Decisiones vitales

No sé si a vosotros, queridos paisanos, os ha sucedido. A mí sí. A lo largo de la vida he tenido que tomar algunas decisiones que han cambiado mi historia y mi vida entera. Dos de las más decisivas las tomé aquí. Justo detrás de la escuela, cuando yo tenía 11 años, había tierras de labranza. La que lindaba con la escuela precisamente era nuestra. Octubre. Me asomé por la ventana. Reconocí  a mi primo Braulio, aricando con los bueyes. Todas las sementeras, mi padre sufría úlcera de estómago que le obligaba a reposar porque sangraba. Y mi primo nos ayudaba.

Pedí  permiso a don Antonio para “hacer de mayores” y me encaminé  a saludar a mi primo. Le pedí que me dejara la mancera. Y lo hizo. Creo que aguanté  poco más de un de un minuto. Los bueyes dibujaron en el surco una curva excesiva e impropia. Iban donde les daba la gana. Me sentí derrotado y me allí mismo me dije:  “Esto no es para ti. Tienes que irte”. Lo interioricé con tal fuerza que se convirtió  en mi himno de batalla personal, en un principio y en un final. Los trinitarios llegaron  llovidos del cielo al mayo siguiente.

Para corroborar mi decisión ya inapelable, el gran Mario Herrero publicaba en el “YA DOMINICAL” unas semanas después un artículo premonitorio: “que no arañe la tierra” -escribía el ilustre periodista- “quien no tenga agallas para ello”. Servidor no las tiene -me dije- y me reafirmé en mi testarudez.

Y, la segunda decisión vital la tomé ocho años después,  a los cuatro o cinco días de bendecirse  esta Casa de la Cultura. Yo había salido ya del seminario (1964) y al año siguiente se inauguraba este centro escolar. Como estaba aquí me acerqué a la ceremonia; redacté una crónica del acontecimiento (vino hasta el gobernador civil de la provincia, el señor Aenlle) y la envié a EL ADELANTO.  La máquina de escribir me la prestó don Belisario, el secretario. Gran persona. Era la del Ayuntamiento. El 16 de julio, apareció la crónica firmada por un tal  Antonio RE porque me daba vergüenza que me reconocieran. Y aquella mañana de la Virgen del Carmen, decidí hacerme periodista.

Me pasé once años pensando cada mañana, lo mismo: “Tengo que conseguirlo, tengo conseguirlo”. Durante más de cinco décadas  he escrito miles del crónicas, reportajes y entrevistas para contar lo que pasa. Contar lo que pasa, incluso para personas como yo, que soy un hombre de extremo centro y de secano,  me parece una empresa revolucionaria. Un privilegio vivir de este oficio, lo confieso.

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A finales de ese mismo año sufrimos el acontecimiento más trágico de nuestra historia: el accidente ferroviario de El VILLAR, a causa de la niebla el 18 de  diciembre del 65, en el que  perdieron la vida 34 personas y hubo 50 heridos. Cuando llegué estaba allí Julian el cadete y aspirante a guardia civil en Valdemoro (Madrid) dirigiendo las operaciones de rescate. Yo estaba aterrado. Me quedé inmóvil viendo los hierros y los cuerpos retorcidos, bañados con sangre inocente. Tardé años en olvidar aquel escenario tan dantesco.  Recuerdo la misa de acción de gracias que se celebró al domingo siguiente porque no falleció nadie del pueblo. Y aun puedo ver la cara de la señora Hortensia, la mujer  del señor  Lisardo y de sus hijas por haber salido ilesa del accidente.

Julián: Espero  haber aricado, -compañero del alma, compañero-, nuestra infancia para seguir sembrando esta renacida amistad. Ahora sí concluyo.

Un autor infinito

Confesarte abiertamente que no te hice caso y me bebí tu libro de un sorbo –como diría nuestro admirado Joaquín Sabina– y continué con tus sonetos, sembrados de ternura, de amor, de cariño a nuestra tierra y a nuestras gentes. Todos los paisajes te pertenecen.

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Lamento haberte descubierto tarde pero tengo por delante aún mucho tiempo para admirarte.  Estoy seguro de que Maribel y José María explicarán mejor que yo la profundidad de tu obra.

Eres un poeta total, auténtico. Estás  en la Historia. Has subido al Parnaso y allí te has instalado para  siempre. Tu poesía se siente, se sueña, duele;  apasiona, seduce, excita, enardece, arde, embriaga, embruja y transforma. Es adictiva. Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma.

Deberías pagar un impuesto mensual por tener tanto talento para este oficio de juntar palabras y silencios con la armonía y los arpegios de un Beethoven.  Puro sentimiento. Sentimientos nobles. Tus versos están exentos de miedo y de venganza. No hay revancha por haber trabajado por cuenta ajena.

Al fin y al cabo, tú eres desde hace seis décadas el dueño y señor de las lunas, de los atardeceres, de los surcos, de las tocineras, de los cerros, de los regatos, de las charcas, de los amaneceres, de los mares de espigas mecidos con tu bonhomía,  de los océanos de encinas y de robles, y de todos los vientos cierzos, serranos y gallegos de esta tierra tan nuestra. 

Me has recordado a Miguel Hernández, a Gabriel y Galán, a los místicos… tus sonetos están a la altura de los de Quevedo y de Calderón. Tienes alma de labrador. Eres un hombre libre. Tu ética y tu austeridad se reflejan en tu amplio repertorio. Eres ante todo, en el buen sentido de la palabra -homenaje a Machado, don Antonio-,  un hombre bueno. Y eres, ante todo,  un hombre de fe. Y eso ha movido todas las montañas.

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Hace mucho tiempo que dejé escrito que la vida se reduce a cuatro palabras: “amar y ser amado”. Sin moverte de nuestra provincia, te  has convertido en el creador de un mundo nuevo, de un universo con horizontes lejanos,  de un cosmos galáctico donde se respira bondad y libertad. Eres un privilegiado porque has amado en demasía y te han querido con desmesura… ¡Gracias, señora Piedad!

Eres, además, un cronista en tiempo real cuando “Se desgarró la vida” tras  el atentado del 11-M; relatas “La Tormenta” de Carrascal cual notario de la historia y terminas tu “Amor en Geometría” delatando que sigues siendo, cual Da Vinci, un innovador en el fondo y en las formas.

Me pregunto en voz alta, amigo Julián, -tu eres de Aldehuela y no de Cordovilla porque la patria de uno es dónde se va a la escuela- qué  hubiera sido de ti si en vez de escribir en castellano lo hubieras hecho en inglés o en francés. Creo que hasta el propio Shakespeare, gran maestro del soneto, hubiera sentido celos de tu talento.  En América, hubieras eclipsado al mismísimo  Walt Whitzman  y a sus “Hojas de Hierba”. Y en Rusia, estarías inmortalizado en una estatua como un colega a la altura de Alexander Pushkin.

Te adelanto  antes de terminar, que cambiaría mis 20.000 crónicas escritas en el aire, en la tele, en la prensa escrita y en el planeta digital, por un par de endecasílabos encadenados tuyos (sin estrambote, claro está)

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Sabio Julián, gran perito en lunas llenas y despertares: ya sabemos a qué has dedicado tu tiempo libre. Y bien que te ha cundido. Has invertido todo tu capital y tu talento en alcanzar la inmortalidad. Incluso a tu pesar.  Intuyo que nadie mejor que tu para poner letra a nuestro Himno Nacional que falta nos hace y así sentirnos más orgullosos de nuestra España. 

Escribió San Pablo a  los corintios,  que el amor no pasa nunca. Pasaremos nosotros, querido amigo, pero tu poesía permanecerá más allá de este siglo y de este milenio porque tu verso brota de manantial sereno y siempre has sido respetuoso con todos y en especial con el medio ambiente.

Nos sentimos orgullosos de ti, de tu obra y  de tu ejemplo.  Eres un gran paisano.  Un privilegio estar aquí. Y ser tu amigo. Recibe un abrazo eterno.

¡Que Dios te bendiga, que los dioses griegos del Parnaso te protejan y que las musas no te abandonen nunca¡

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B4345D1B-921A-451F-A8B2-FEA16D5B057E.jpegCultivando Sonetos. Julian MARTIN.

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(1) Este texto servirá de guión para co-presentar con Maribel DOMINGUEZ y José María SANCHEZ, el libro de nuestro gran poeta (y amigo) Julian MARTIN, MARTIN.

fotos: A. REGALADO, Prudencio CABALLERO y Ludi GARCÍA.

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aricando la infancia/antonio regalado

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“Eres un poeta infinito. Tus versos se sienten, se sueñan, duelen;  apasionan, seducen, excitan, enardecen, arden, embriagan, embrujan y transforman. Tu poesía es adictiva.  Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma”.

           

  Aricando la infancia

ANTONIO REGALADO

Querido Julián: me has pedido que hilvane unas palabras sobre nuestra infancia para tu último poemario Sembrados a voleo. Será un placer aricar aquel tiempode amistades profundas a pesar de las migraciones  forzadas por la falta de surcos y de oportunidades.

Mis primeros recuerdos (años 53-54 del pasado siglo) tienen como primer protagonista a la escuela pública. Teníamos  un maestro excelente, don Onofre Herrero Martín, que se jubiló el 23 de julio del 57. Recuerdo que aprendíamos a leer recitando “El Quijote” y “De los Apeninos a los Andes”, la novela de Amicis Corazón que nos narraba las desventuras del  amigo Marco buscando desconsolado a su mamá tres décadas antes de que TVE lo popularizara en España.

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Recuerdo el frío que se pasábamos  en el invierno y el permiso  que había que solicitar para calentarse las manos y hacer las necesidades. Aprendimos algo importante: el respeto. En en esos años asistimos a un fenómeno hoy desconocido: las clases nocturnas para mayores. Era el principio de la erradicación del analfabetismo. Nosotros teníamos clases de lunes a sábados (había fiesta por la tarde los jueves) hasta las 18 horas

Guardo un buen recuerdo de aquel tiempo de  don Onofre; no así de don Arturo, el secretario (y creo que hermano) que hacía las suplencias cuando tenía que viajar a Salamanca para acudir a la Inspección. Su severidad confirma ya entonces que con el miedo no se puede ir a ninguna parte.

Una placa en la parte frontal de la escuela recuerda para siempre a don Onofre como un gran benefactor de nuestro pueblo. Él impulsó a estudiar el bachillerato y luego las carreras a tres personas que influyeron mucho para que yo abandonara nuestro pueblo: a Baltasar, su hermano Francisco y a Amador, el del panadero. Fueron los primeros universitarios de Aldehuela. Y para mí todo un ejemplo a imitar.

¿Te acuerdas de aquel viaje al Campo para ver a Franco en 1956? Fuimos andando hasta allí, cuesta de La Llanada arriba. Era como escalar el Everest. El coche pasó tan rápido que no pudimos verlo ni aplaudirlo. Por cierto, es el único comportamiento fascista que tuvimos de pequeños porque no llegamos a aprendernos ni el Cara al Sol ni Montañas Nevadas.

Luego, llegó don Tomás, que venía desde Sebastián Rubioestuvo dos cursos. Y, lógicamente, nos abrió nuevos métodos de enseñanza; había libros. Si no me falla la memoria, la Enciclopedia Alvarez nos explicaba todas las asignaturas con sus dibujos específicos. Don Antonio llegó de Añover de Tormes. Recuerdo que venía en un camión con enseres personales y algo que me sorprendió: leña para la lumbre. Yo estaba a la puerta de casa cuando a media tarde arribó el camión y vi cómo descargaban las pertenencias. Consiguió que viniera la Biblioteca Popular cada semana y permitió la prestación de libros clásicos y de poesía en todas las casas.

 

Fue un hombre trascendental en nuestras vidas. Diré por qué: porque nos alentó a muchos a marcharnos a estudiar a los colegios religiosos y al Instituto Fray Luis de León. Primero, vinieron  los agustinos y se llevaron a  Dori, el del señor Heliodoro, el capataz de la carretera; luego, los dominicos, con José Luis, hijo de un guardia civil y después, casi en tromba, en los años 59 y 60, nos fuimos  Agustín Tello, y José  María Montes, Paco San Teodoro  y yo, que nos dejamos seducir por un hombre bueno, el padre Antonio Moldón, trinitario zamorano que tras pasar 20 años en Roma, vive aún en el convento de Valdepeñas. Casi todos éramos monaguillos de don Celestino Lurueña, otro de los personajes fundamentales en nuestras vidas. Inventó la pistola de agua y mantuvo una imprenta que recuperó viejos libros y misales.

De esos finales de los 50, recordarás querido Julián, la leche en polvo más blanca que la nieve que nos preparaba la señora Manuela en el recreo, al filo de las 11; leche por la mañana y queso amarillo por la tarde. Una merienda a veces con mantequilla y galletas.  Era la contribución norteamericana por la firma de las bases en España y un pequeño Plan Marshall para paliar las estrecheces.

Como hijo de labrador, en casa no pasábamos hambre porque podíamos hacer matanza todos los años; pero también hay que decir  que el plato de cada día era el cocido. Y las sopas de ajo por la noche. Recuerdo que mi madre nos decía: “esto es lo que cenan los marqueses de Albayda”. Y yo le respondía: “Pues yo no quiero ser marqués”.

Don Antonio Pérez de  Herrasti y Orellana  y doña Matilde Narváez, acudían a la iglesia parroquial a la misa de los domingos y de las fiestas de guardar, en especial en los meses de verano pues vivían  en la finca de Mozarvitos. No podía empezar la ceremonia hasta que llegaban los marqueses. Y yo era el encargado de abrirle la puerta del coche y decirle, “buenos días, señora marquesa”. Tenían un  lugar preferente en la parte delantera izquierda de la iglesia.  Era lógico porque ellos pagaban todas las facturas de las casullas nuevas, de los cálices y se ocupaban de sufragar además todas las cuestaciones. Luego, íbamos a la finca de don Antonio Pérez Tabernero y a Tejadillo a decir otras misa. La propina era de 10 o 20 céntimos. A veces 25. Un dineral para Julián Berrocal y para mi.

El peso lento del tiempo

De aquel tiempo de inocencia recuerdo llegar a doña Tere por “El Romeque”, con don jóvenes hermosas hijas de un guardagujas de la estación de Renfe. En el recreo siempre íbamos a verlas. Parecían llegadas directamente del fin del mundo. Creo que eran mellizas, lo que añadía cierto morbo porque equivocábamos sus nombres. Una se llamaba Mary. Siento no recordar el nombre de la otra hermana.

La llegada de los trenes los domingos por la tarde desde Irún-Medina hasta la frontera portuguesa y su espera de 15 minutos para repostar,  eran todo un acontecimiento social. Los pasajeros tomaban cerveza y vino en El Cajón. El depósito del agua es un gran monumento de acero que sigue vivo  y era un espectáculo ver llenar los tanques de los trenes de carbón con ese torrente de agua que parecía inagotable.

Los días se hacían interminables en verano. Y salvajemente cortos y fríos en invierno a pesar del brasero,  de las bolsas de agua caliente para dormir y de los apagones a 125V.  Con especial cariño recuerdo los carámbanos colgados de las tejas que arrancábamos como si pudiéramos conservarlos para siempre sin frigoríficos.

Y, recordarás amigo Julián, cómo aprendimos en la Llaná, a nadar en los caozos del río que hoy le dicen arroyo de  Valdemoro, aunque juro que nunca escuché ese nombre de pequeño. Estoy hablando de febrero y marzo porque en verano nos bañábamos en la charca de Sancho Bueno amparados en los neumáticos de las ruedas de los camiones que había en el pueblo: el del señor Jesús y el del señor Saturnino, el minero.

Jugar a pídola, a las carreras de coches con los platillos de las cervezas, a la peonza, al escondite, al castro  y a resbalar sobre la yerba mojada, con peligro para que se rompieran los pantalones… eran junto al futbol  con pelotas de papel y cuerdas,  los deportes favoritos, A veces terminábamos las batallas a pedradas. Hace unos años, me hicieron un scanner  y me encontraron una zona necrosada. Tardé en recordar que fue el golpe de una pedrada de uno de los “enemigos” de entonces. Recuerdo quien fue pero no le guardo rencor.

Refresco la memoria colectando comida (huevos, chorizo, salchichón, tocino,  morcillas, longanizas,  lentejas, garbanzos), que se hacía en Cuaresma y que luego se entregaban a las familias más necesitadas. Recorríamos las casas a petición de don Celestino y luego él nos regalaba huevos que nos preparaba la mujer del señor Laureano. Un año tocamos a media docena por sacristán  y casi reventábamos.

Correr los gallos, arrancando las cabezas que colgaban de dos carros empinados corriendo sobre caballos o burros, siempre me pareció algo salvaje. Afortunadamente yo era pequeño y nunca participé.  El tiempo se encargó de abolirlo. Hoy nos hubiera denunciado todo el gremio animalista. Asocio este acto al juego del marro  (“la calva”)  que contaba con tantos especialistas en Aldehuela porque se jugaban en el mismo espacio de las eras, junto a la Fragua.

Y no puedo desvincular nuestro pueblo de las minas de mica y feldespato que “contaminaban” con diminutas partículas plateadas todo el centro del pueblo. Ello conmemoraba la celebración de Santa Bárbara. Y de la explosión que hirió gravemente a Benigno el de la señora Baralides.

Me pareció siempre un lujo que hubiera cinco bares en el pueblo: el de Benigno, el del señor Laureano, el de los Carrascos, el de Jovi y el de Juan. Allí conocimos  a Manuel Benitez “El Cordobés”. Y en la estación, el Cajón, de Jesús  el cartero de Sanchón y La Sagrada, El Mesón y el  de la señora Olimpia, que estaba en la general al lado de la vivienda de doña Tere.

En julio de 1959, recuerdo que estábamos esperando el tren y Juanito (q.e.p.d.) el hermano de Satur, llegó en su bicicleta de carreras  y anunció:” Fermín Bahamontes ha ganado el Tour de Francia”. Lo celebramos con vino, casera y unos chochos. (Cuarenta años después, yo entrevistaba en directo en TVE-CLM en Toledo  a aquel campeón)

Nuestro pueblo poseía en aquella época un cinturón verde con frondosos huertos en la fuente, en  las pozas de lavar la ropa, al lado del río subiendo a tu casa, y entre el cementerio y el río que viene de Robliza, junto a la finca de Castro. El señor Agustin, amigo de partida de mi padre los domingos, nos surtía de las mejores verduras.

Había agua en abundancia, -hacíamos tomas- y corría un hilito incluso en el verano que agradecían las parejas de vacas durante la trilla. Y había ovejas y cerdos. Y los pollos y los milanos… ¡que viene el milano¡ era todo un fruto de guerra.

Recirdarás conmigo a algunos aviadores bombardeándonos con octavillas de apoyo a la causa. Y todos cobtestábamis lo mismo: Menos Franco y más pan blanco, a pesar de estar tan cerca de la ermita de Santiago y de la histórica reunión en la que se le designó Jefe del Estado y Generalidimo de los Ejércitos. Hoy, ochenta y tres años después, las pistas son un erial y la iglesia es una ruina.

Prodigio aricando: Al leer  uno de tus sonetos recobré la imagen de Flora, la de la Casilla, joven lozana que traía una cántara y una medida de un litro por un lado,  y medio por el otro. Una cántara con su corcha. ¡Hacía años que no escuchaba esa palabra¡

Ha pasado demasiado tiempo y lamento no recordar el nombre de la señora que nos surtía de pescado los jueves y sábados. Venía de Salamanca en el tren de la mañana y traía siempre cuatro cajas con sardinas, merluza, bacalao y bonito. Iba casa por casa vendiendo la mercancía y al caer la tarde, dejaba el carretillo en la estación y regresaba a la ciudad.

Y cómo no tener presente el comercio del señor Quico, con su placa que anunciaba Tejidos y Coloniales. Con Jesús, su hijo nunca nos ha faltado de nada. Y ahí sigue en la brecha, sumando sin calculadora y sin equivocarse. Y evoco de pasada al señor Miguel (“Maderas”) que fabricaba las mejores garrochas mientras su hija Ninfa y su nieta Pilar regentaban el teléfono. Y cómo no reseñar a las rebequeras… con su nueva tricotosa.

Tengo una visión casi reciente del día que el señor Antonio,  se marchó a Venezuela; le despedimos en la estación. Dolores, Víctor y Miguel lloraban sin consuelo. Y del día que regresó unos meses después tras no haber hecho fortuna. Y también de las partidas de julepe que eran el vicio de aquel tiempo.

No podemos dejar en el olvido al doctor Benigno  Gay, -que compró  el primer 600 del pueblo-, y que una noche me sacó  un garbanzo de la nariz; ni a su hija Amelita, que tuvo la primera cámara de fotos en Aldehuela y nos inmortalizó en las parvas.

Aun veo con claridad a la señora Maruja, la del señor Bernardo,  que era la practicanta del pueblo. Y a sus hijos Guillermo y a Alvaro, campeón de España en 600 metros.  Y a sus hermanas, grandes animadoras del rosario por las noches.

El punto de encuentro del pueblo era la fragua de Jesús, el herrero, heredada de su padre. De alguna visita a tu casa recuerdo una candela de aceite porque no tenías  electricidad y  de haber ido a coger bellotas en las encinas que rodeaban vuestra casa. Y me acuerdo  de tu padre, Bonifacio. Y de tu hermana Rosa… ¿Tienes un hermano mayor que se llama Martín Martin Martín?, –pregunto.

Finalmente me referiré a un hecho vergonzante del que fui protagonista. Cuando don Antonio se ausentaba de la escuela, su hijo Antoñito se autoproclamaba el “sheriff” del lugar. Yo no estaba de acuerdo así es que discutí con él, me amenazó con la regla y yo le di un puñetazo en el ojo derecho con tan mala suerte que cayó y empezó a sangrar. Llegó su padre, me pegó con la regla en la yema de los dedos y alguien se lo dijo a mi padre. Me dio dos guantazos y me mandó a dormir al pajar. Mi madre y mi tía Rufina se apiadaron  de mí y al filo de la medianoche me llevaron una manta. Aprendí algo: no hay que pegar nunca al hijo de un maestro. Espero que Antonio hijo me haya perdonado. Nunca he vuelto a pegar a nadie. Y no me quedó ningún trauma por el doble castigo.

Desertor del arado

Invocando la nostalgia rural amigo  Julián, aún retengo en mis pupilas el primer tractor que llegó al pueblo: fue el IFA del Amo Nuevo, el padre del señorito Víctor y del señorito Jaime.  Años después llegarían las trilladoras, alimentadas por arriba que recogían el trigo por un lateral y expulsaban la paja ya trillada. Pocos años antes hicieron aparición las segadoras; primero tiradas por un par de bueyes  y luego por los tractores. La revolución tecnológica llegaba en los sesenta al campo y produjo una emigración masiva porque sobrara mucha gente. Los destinos estaban claros: Madrid, Barcelona, Asturias, Bilbao, Francia, Suiza y Alemania.

Mirando hacia atrás sin ira, contabilizo en aquella época casi una veintena de labradores. Hoy quedan tres. Mi padre, como bien sabes querido poeta, disponía de apenas unas pocas hectáreas, distribuidas en casi 15 parcelas (fincas, le decían en otros sitios); tenía una pareja de bueyes, dos vacas y unos novillos que vendía anualmente  en la Feria de ganado en Salamanca.

Utilizaba el arado romano. Y justo el año en que yo me fui al seminario, estrenaba una vertedera… todo un prodigio `para arañar más profundamente la tierra…”,  una tierra  nuestra en la que  debajo de una piedra hay otra piedra.

Yo la verdad es que envidiaba a los amigos de la escuela que no tenían que trillar, ni levantarse a la cuatro de la mañana para ir a buscar con una copa de orujo o de aguardiente, a la raya de Olleros,  los haces de trigo, de avena o de cebada; luego, almorzar (eso sí, patatas, tocino, chorizo y medio huevo, -el otro medio era para mi hermano Manolo– y luego, a trillar mañana y tarde. Los trilliques malos (yo lo era) no teníamos siesta y debíamos vigilar las parejas de vacas y de bueyes. Lo peor era meter la paja y se remataba el calvario del verano con la siega de los garbanzos. Y el respigo… Tengo mi herida abierta todavía.

Aventaba yo mis esperanzas pensando en desertar del arado. Y a fe que en el 59,, cuando los trinitarios se llevaron a Tello y a Montes, vi el camino abierto. Al año siguiente, con 12 años, me  apunté. Y mis padres, con gran sacrificio, -tenían que pagar 100 pesetas cada mes- me apoyaron. Nunca se lo agradeceré bastante.

Hilvanando estas ideas de la infancia, recuerdo la aventura de viajar en el tren hasta Salamanca con mi madre sin billete de vuelta, y  ducharme por vez primera en casa de mi tía Dora;   luego, por la tarde, el encuentro con los futuros compañeros trinitarios. Era  mitad de septiembre.

Apasionante el viaje en coche de 3ª naturalmente, en el tren a Madrid vía Ávila –casi seis horas y media- y la experiencia de montar en metro  porque en la estación del Norte nos esperaba Angelita, la hermana mayor de Paco San Teodoro que vivía en la capital  y nos llevó  hasta la estación de Atocha. Montar en metro fue toda una odisea. Pero, lo que aún tengo presente, no fue  la llegada en la mitad de la noche oliendo a vides recién cortadas a Alcázar de San Juan (Ciudad Real),  sino el día siguiente.

Nos reunieron a todos los  seminaristas en el aula más grande y el padre Jesús, jefe de estudios,  nos dijo en voz alta y con claridad: “Bienvenidos: debéis saber  que vuestros padres pagan 100 pesetas al mes (1,2 euros de hoy); se os ha solicitado una beca del PPO (Principio de Igualdad de Oportunidades) de 1.000 pesetas mensuales. Si no aprobáis   en junio, el Ministerio de Educación  os quitará  la beca y tendréis  que volver  casa”. Ese día me juramenté para no perder jamás ninguna beca. Me convertí en un desertor del arado, sí; pero no ahorcaría los libros. Nunca.

Decisiones vitales

No sé si a vosotros, queridos paisanos, os ha sucedido. A mí sí. A lo largo de la vida he tenido que tomar algunas decisiones que han cambiado mi historia y mi vida entera. Dos de las más decisivas las tomé aquí. Justo detrás de la escuela, cuando yo tenía 11 años, había tierras de labranza. La que lindaba con la escuela precisamente era nuestra. Octubre. Me asomé por la ventana. Reconocí   a mi primo Braulio, aricando con los bueyes. Todas las sementeras, mi padre sufría úlcera de estómago que le obligaba a reposar porque sangraba. Y mi primo nos ayudaba.

Pedí  permiso a don Antonio para “hacer de mayores” y me encaminé  a saludar a mi primo. Le pedí que me dejara la mancera. Y lo hizo. Creo que aguanté  poco más de un de un minuto. Los bueyes dibujaron en el surco una curva excesiva e impropia. Iban donde les daba la gana. Me sentí derrotado y me allí mismo me dije:  “Esto no es para ti. Tienes que irte”. Lo interioricé con tal fuerza que se convirtió  en un principio sin final. Los trinitarios llegaron  llovidos del cielo, al mayo siguiente.

Y, la segunda decisión vital la tomé ocho años después, cuatro días  después de haberse inaugurado esta Casa de la Cultura. Yo había salido ya del seminario (1964) y al año siguiente se inauguraba este centro escolar. Como estaba aquí me acerqué a la ceremonia; redacté una crónica del acontecimiento (vino hasta el gobernador civil de la provincia, señor Allende) y la envié a EL ADELANTO.  La máquina de escribir me la dejó don Belisario, el ecretario. Gran persona.Era la del Ayuntamiento. El 16 de julio, apareció la crónica firmada por Antonio RE porque me daba vergüenza que me reconocieran. Y aquella mañana de la Virgen del Carmen, decidí hacerme periodista.

Me pasé once años pesando cada mañana, lo mismo: “Tengo que conseguirlo, tengo conseguirlo”. Me he pasado 52 años escribiendo crónicas, reportajes y entrevistas para contar lo que pasa. Contar lo que pasa, incluso para personas como yo que soy un hombre de extremo centro, me parece una empresa revolucionaria.

A finales de ese año sufrimos el acontecimiento más trágico de nuestra historia: el accidente ferroviario de El VILLAR, a causa de la niebla, en diciembre del 65, en el que  perdieron la vida 34 viajeros y hubo 65 heridos. Cuando llegué hasta allí Julian el aspirante a guardia civil, dirigía las operaciones de rescate. Yo estaba aterrado. Tardé años en olvidar aquel escenario tan dantesco.  Recuerdo la misa de acción de gracias que se celebró al domingo siguiente porque no falleció nadie del pueblo.

Espero haber aricado, -compañero del alma, compañero-, nuestra infancia para seguir sembrando esta renacida amistad. Ahora sí concluyo.

Un autor infinito

Confesarte que no te hice caso y me bebí tu libro de un sorbo –como diría nuestro admirado Joaquín Sabina– y continué con tus sonetos, sembrados de ternura, de amor, de cariño a nuestra tierra y a nuestras gentes. Todos los paisajes te pertenecen.

Lamento haberte descubierto tarde pero tengo por delante aún mucho tiempo para admirarte y ayudarte. Estoy seguro de que Maribel y José María explicarán mejor que yo la profundidad de tu obra. Eres un poeta total, auténtico. Estás  en la Historia. Has subido al Parnaso y allí te has instalado para  siempre. Tu poesía se siente, se sueña, duele;  apasiona, seduce, excita, enardece, arde, embriaga, embruja y transforma. Es adictiva. Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma.

Deberías pagar un impuesto permanente por tener tanto talento para este oficio de juntar palabras y silencios con la armonía de un Beethoven.  Puro sentimiento. Sentimientos nobles. Tus versos están exentos de miedo y de venganza. No hay revancha por haber trabajado por cuenta ajena. Al fin y al cabo, tu eres desde hace seis décadas el dueño de las lunas, de los surcos, de los cerros, de los ríos, de las charcas, de los amaneceres, de las cosechas y de todos los vientos cierzos, serranos y gallegos de esta zona.

Me has recordado a Miguel Hernández, a Gabriel y Galán, a los místicos… tus sonetos están a la altura de los de Quevedo y Calderón. Tienes alma de labrador. Eres un hombre libre. Tu ética y tu austeridad se reflejan en todo el repertorio. Eres ante todo, en el buen sentido de la palabra -homenaje a Machado, don Antonio-,  un hombre bueno. Y un hombre de fe. Y eso ha movido todas las montañas.

Hace mucho tiempo que dejé escrito que la vida se reduce a cuatro palabras: “amar y ser amado”. Sin moverte de la provincia, te  has convertido en el creador de un mundo nuevo, de un universo sin horizontes,  de un cosmos infinito donde se respira bondad y libertad. Eres un privilegiado porque has amado en demasía y te han querido con desmesura… ¡Gracias, señora Piedad!

Eres, además, un cronista en tiempo real cuando “Se desgarró la vida” tras  el atentado del 11-M; relatas “La Tormenta” de Carrascal cual notario de la historia y terminas tu “Amor en Geometría” anunciando que sigues siendo un innovador en el fondo y en la forma.

Me pregunto en voz alta, amigo Julián, -tú eres de Aldehuela y no de Cordovilla porque la patria de uno es dónde se va a la escuela- qué  hubiera sido de ti si en vez de escribir en castellano lo hubieras hecho en inglés o francés. Creo que hasta el propio Shakespeare, gran maestro del soneto, hubiera sentido celos de tu talento.  En América, hubieras eclipsado al mismísimo  Walt Whitzman  y a sus “Hojas de Hierba”. Y en Rusia, estarías consideradoun colega a la altura de Alexander Pushkin.

Te adelanto  antes de terminar, que cambiaría mis miles de crónicas escritas en el aire, en la tele, en la prensa escrita y en el planeta digital, por un par de endecasílabos encadenados tuyos (sin estrambote, claro está)

Sabio Julián: gran perito en lunas y despertares: ya sabemos a qué has dedicado tu tiempo libre. Y a fe que te ha cundido. Has invertido todo tu capital y tu talento para alcanzar la inmortalidad. Incluso a tu pesar.  Intuyo que nadie mejor que tú para poner letra a nuestro Himno Nacional. 

Escribió San Pablo a  los corintios,   que el amor no pasa nunca. Pasaremos nosotros, querido amigo, pero tu poesía permanecerá más allá de este siglo y de este milenio porque tu verso brota de un amor verdadero es amor y siempre es respetuoso con el medio ambiente. Y con las personas.

Nos sentimos orgullosos de ti, de tu obra y  de tu ejemplo.  Eres un gran paisano.

¡Que Dios te bendiga, que los dioses griegos del Parnaso te protejan y que las musas no te abandonen nunca¡

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