11M- Quince años sin saber la verdad/antonio regalado / julián martin

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“Hace tres lustros y un día empezó negra la primavera con un rojo amanecer de odio”.  Julián Martin, poeta.

Y se fueron sin beso

muchos labios…

 

ANTONIO REGALADO/JULIAN MARTIN

Así que pasen 15 años y un día, aquella jornada tan inhumana no se aleja de un nuestros corazones. Todo el dolor por los 192 muertos y los 1.800 heridos en los trenes le pertenece a las familias hoy casi olvidadas. Basta ver la desidia del monumento en la estación de Atocha para confirmar que ni el gobierno de la Nación ni la CAM ni el Ayuntamiento de Madrid han hecho nada por lo que es importante: conocer la verdad.

Un hachazo a la convivencia

Aquel fue un golpe a la democracia y a las libertades; “un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal,  como  diría Miguel, que continúan hoy los nacionalismos excluyentes para romper España de parte a parte a dentelladas secas y calientes”.

El juicio  del siglo presidido por Gómez Bermúdez fue una pantomima donde solo un hombre, Jamal  Zougan, fue condenado a 43.000 años por crímenes que nunca cometió.  Solo 8 de los 19 condenados están aún en prision.

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Se desguazaron los trenes en 24 horas para que nadie investigara los explosivos y, una vez culpada ETA, el gobierno de Aznar, con el inclito Gallardón a la cabeza, corrió un tupido velo de alquitrán sobre el proceso. ¿Alguien  puede creer que ocho moritos, algunos de ellos confidentes de la Policia, y unos minerosbasturianos, pudieron cometer un multiasesinato simultáneo? Lo del apartamento de Leganés -con tabique compartido  con un piso franco  de los Servicios Secretos-, fue otra mentira al por mayor y la “mochila de Vallecas” un montaje desde dentro para arrinconar la verdad.

Ni PP ni PSOE  (Acebes  y Rubalcaba) movieron un dedo para aproximarse a la magnitud  de la tragedia. La comisión de investigación en el Parlamento presidida por el diputado  canario Paulino Rivera, resultó ser otra pantomima donde el bipartidismo impuso sus conclusiones antes de escuchar a los testigos: silencio a la Policia, a la Guardia Civil y al Centro Nacional de Inteligencia. Y a mirar para otro lado.

El golpismo sigue

Desde aquel día, España no ha vuelto a levantar cabeza ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. Y ahí estamos, arrastrando sin piedad una decadencia que nos está llevando a un suicidio colectivo. La falta de explicaciones y la ignominia  de Aznar y Zapatero no fue menor en el 2004 que las de Rajoy, Soraya, Montoro y Zoido La pasada semana con el golpismo del 1-0. ¡Vaya manada de cobardes!  Casi tan cobardes como los revolucionarios de salón de Cataluña.

Ninguno sabía nada,  ninguno tomó decisión alguna al respecto y todo lo derivaron a los segundos y terceros niveles. Ni un plan A, B, o C. Menos mal que unos cuantos funcionarios decentes han contado cómo se montaron  los operativos  clave para neutralizar a una casta dirigente  neonazi y a una policía infames. En aquel entonces, no hubo ni un trío de hombres justos para iluminar el camino.

Hace unos días, el emperador de las cloacas  máximas del Estado, el innoble Villarejo, acudió al juez para levantar las alfombras. Y denunció algo sorprendente: que los explosivos del once de marzo de 2004 salieron de las dependencias de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Una gravísima acusación. Quizás providencial a pesar de la calaña del personaje.

Cierto que Villarejo es un testigo con la soga al cuello pero el juez de la Audiencia Nacional Manuel Garcia Castellón, debería poner en marcha una nueva  investigación para conocer qué pasó realmente. Caiga quien caiga.

Asistí en el Congreso a la exposición de Pilar Manjón tras perder a su hijo. Nos partió el corazón con su relato. Luego, tras presidir la Asociación  de Víctimas del 11-M quedó eclipsada por las mentiras y conclusiones del juicio, y las validó.

Que no haya ni un solo partido ni viejo ni nuevo que pida llegar hasta el final para conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad -lo esperábamos al menos de Ciudadanos- constata que a todos les beneficia el estatu quo.

495A05BB-205A-4194-B5C9-BC2850F0116A.jpegEl 11M se rompió el primer eslabón en la cadena de la convivencia constitucional. Hoy, los grandes enemigos de España (PNV, Bildu, ERC,  nacionalistas, separatistas, mareas y hasta parte del PSOE sanchista) están echando un pulso a la Nación para fracturarla en mil reinos de Taifas. Por fortuna, nos quedan PP, Ciudadanos, Vox, algunos jueces buenos -no todos- y el Monarca.

Urge una comisión investigadora del 11M para despejar todas las dudas, que son muchas. Casi todas.  O la sombra de aquella masacre nos impedirá parar el siguiente hachazo a la integridad nacional progresará adecuadamente.

Yo viajaba aquella mañana a Principe Pío desde Majadahonda cuando nos ordenaron desalojar el tren. La radio nos fue explicando la tragedia pero nunca supimos las causas. Y al día siguiente volví a bajar a Madrid en el mismo tren porque siempre pensé que la democracia y la libertad son más fuertes que el terrorismo.

Tiempo de ausencias

Han sido 5.476 días con sus 5.476 noches de silencios, ausencias, miedos y dolores. Ni un segundo más. Las victimas, sus familias y los ciudadanos, necesitamos saber todas las verdades. Las razones de Estado no pueden esgrimirse para dar sepultura al  terrorismo (interno, yihadista o combinado); la principal razón del Estado  es proteger la vida y haciendas de las personas  y buscar a los culpables hasta en el infierno para que paguen su delito.  Demasiado tiempo de encubrimiento.

Esta matanza  de inocentes no puede prescribir por el peso del tiempo. Hay que reabrir la causa para que los culpables vayan “caminito de Jerez” con la permanente revisable. Es necesario desclasificar los documentos precisamente para saber qué sucedió y quienes son todavía los responsables por acción u omisión.

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Sin duda, el mayor atentado de la UE en los últimos 74 años, solo tiene parangón en el 11S norteamericano de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York. Los Estados Unidos sacaron fuerzas de flaqueza y golpearon a los autores materiales e intelectuales del magnicidio y asesinaron sin piedad al malvado Bin Laden. Nosotros ni siquiera llamamos a consultas al embajador español en Rabat cuando la mayor parte de los detenidos y encarcelados eran súbditos del Rey de Marruecos.

Nunca sobre la cobardía se construyó un mundo nuevo. Es la hora de la decencia. Y del orgullo de ser y de sentirse españoles. O el Gobierno, la Fiscalía y los jueces reabren este proceso o la infamia nos sepultará hasta la próxima centuria.

Sinceramente, de este gobierno (en funciones) que apuesta por la Memoria Histérica del 36-39 – nunca del  31 al 39-, no esperamos nada más que una cosa: que si repite mandato, indulte  a los golpistas del 1-0. De la Fiscalía dependiente de la ministra Delgado “que bebe vino de la copa de Garzón”, tampoco esperamos nada bueno, visto el precedente de blanquear a los políticos catalanes acusados casi de malversación de fondos públicos  y desobediencia por romper a España. Nos queda la Justica, nos queda el rey Felipe VI y nos queda el pueblo constitucional y soberano.

Luto nacional

El atentado del 11M está en la memoria colectiva de todos los españoles. Las campañas doblaron por todos nosotros en las vísperas electorales. Y volcaron los resultados. Cabe  considerar cómo  los sabios del futuro describirán aquella histórica jornada casi de primavera.

Mi paisano -y sin embargo amigo-  Julian Martin Martin, poeta sublime de los surcos derechos  y los mares de mieses, sufrió en propia carne  ese dolor eterno, subido a un tractor ajeno. Y firmó este poema a vuelapluma, que acaba de salir de la imprenta hace  poco más de 48 horas. Lo recoge en su séptimo poemario SEMBRADOS A VOLEO, que edita LC Ediciones. Ese 11M, en verdad, se fueron sin un beso muchos labios. Así lo sintió  el poeta labrador.

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Julián: a pesar del peso de los días, no hemos olvidado el camino de regreso. Aldehuela no era el camino sino la meta. Estamos listos para volver a empezar. Por resumir, utilizando tus propias palabras “tal vez sea un solo gesto para entenderlo todo”.

 

       Volver a casa

ANTONIO REGALADO

Siempre es hermoso volver a casa. Este sábado 9 de marzo, celebración de san Bruno, obispo y mártir; de san Paciano y de  santa Francisca Romana, hemos regresado a Aldehuela de la Bóveda para arropar a un amigo en su séptimo parto literario. Julian Martin Martin, simplemente, poeta. Sembrados a Voleo son casi un centenar de poemas paridos sol a sol y luna a luna donde la tierra -siempre la tierra- pone su olvido y su dolor por medio.

El poeta confesaba, en su acción de gracias ante el pueblo llano – ante su gente-,  que en este día después del 8-M, las mujeres de nuestra infancia eran iconos de prestigio. Y así fue:  “Maruja, la de Bernardo, ¡cuántos pinchazos¡; Ninfa, la de la farmacia, ¡cuántas aspirinas¡; doña Tere ¡cuánto desvelo  por el saber¡ La señora Baralides, la señora Aurelia, la señora Asunción, la señora Olimpia…”  mujeres con coraje que sobrevivieron a la guerra y a la posguerra con dignidad.

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Julián exhortaba -en conexión con el rapsoda José María Terrones que cree que  las décadas pasan muy aprisa y los años con exasperante lentitud-, exhortaba -decía- a hijos, nietos y familiares de esas mujeres valientes que no solo en este día internacional de la mujer , sino siempre, “serán recordadas y admiradas por este humilde poeta”.

Sembrados a Voleo es un homenaje  a todas las mujeres (y a los amigos)  que le han apoyado en los buenos momentos como éste “pero también en mis debilidades y errores haciendo más llevaderas las inseguridades”, declaraba el autor de Cauces del silencio (1999)

Estoicismo y plenitud

Un poeta -como un periodista o un pintor- es antes que nada un hombre solo. Tremendamente solo. Los versos voltean las meninges hasta que revientan en la cabeza  y  se inmortalizan, negro sobre blanco, en la Lettera 33, tras haber emborronado previamente decenas de hojas tiradas a la basura. O en un ordenador sin alma.  Las musas son el esfuerzo y la constancia. No hay secretos.

Este libro, frente a los anteriores, es una provocación y a la vez una  liberación;  primero porque rompe su lírica y se aparta del  soneto -Julian  Martin es un virtuoso del soneto,- y, segundo ,  porque permite  aflorar su rico y convulso  mundo interior, consolidando una estética siempre austera y estoica, paralela a su propia vida. Nuestro paisano, nuestro artista, nuestro amigo,   ha alcanzado aquí la plenitud porque es auténtico.

El libro que ha presentado en su casa – insisto que la patria de uno  es el lugar donde se va a la escuela-, está formado por tres capítulos que aúnan las 106 páginas. De una parte, los Poemas desnudos, vestidos de amistades, tristezas, cariños, olvidos, temores, otoños y fantasías. De otra, los Recuerdos  y dedicatorias, 30 retratos elegíacos, de preguntas y respuestas, de explicaciones que nadie le ha pedido, de inocentes y santos, de Papeles del martes, -los martes vanidad y soledad a partes iguales- y de seguir los pasos por los mares ausentes.

Amor en geometría, es un tercer capítulo de investigación de fondos y de formas. Un mar de mieses por desentrañar, una fórmula inédita. Un hallazgo, una aventura para seguir aventando sueños y hollando miedos. Además, es una letanía de amor interminable,  con métrica que representan cuadrados, círculos, rombos, pentágonos, rectángulos, incluso una cruz de mayo envuelta en ocres de otoño.

Después del último después, Julian sigue homenajeando a su Piedad, -La Leonor de nuestro Petrarca-,   su esposa y compañera, con todo el corazón. Y sin complejos, haciendo honor a lo que ya escribí días atrás en aricando la infancia, y citando a San Pablo: “el amor no pasa nunca “en Carrascal del Obispo” mientras pasamos nosotros.

He aquí, como muestra,  esta Firmeza en forma de triángulo rectángulo.

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Velada poética

La Casa de la Cultura estaba completa. Seis y cuarto de la tarde. Sol de primavera. Muchos de los amigos de la infancia que compartimos  escuela con el poeta (Chuchi, Satur, Julián, Fonsi, Agustín, Manolo, Cayito y yo mismo – que Dios me perdonen si  olvido a alguno- estábamos allí por dos razones fundamentales: por amistad y por admiración.

El alcalde, Jose Moñita -que también fue maestro en esta plaza- forzó su compromisos familiares para no faltar al evento cultural. Y muchas personas mayores de las que Julián Martin habla en éste y en otros libros como el de Aldehuela y otras nostalgias, acudieron para conocer su nueva entrega poética y llevarse el libro firmado por el artista para regalarlo a los familiares que no pudieron acudir.

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Todo un acierto invitar a otros poetas amigos del poeta a desmenuzar una buena parte de Sembrados a Voleo en propia voz. Maribel del Real, poetisa de verso tierno y de lágrima fácil, no leyó –habló desde el corazón- con esa  calma que da la amistad generosa,  y nos descubrió cuatro poemas nucleares: Liminar, Para mis amigos, Sinceridad y Deshabitado. Su calidez sonora, encandiló a la audiencia:

5F4DC071-6464-4722-A152-61C6B73836E8.jpegJosé María Terrones es un rapsoda con tantas tablas en la interpretación  que  su voz -y sus silencios- coligen que estamos ante un actor consumado que domina con maestría el escenario y al público.

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Dejó claro que es “mucho menor” que su amigo Martin Martin: tan solo 48 horas. Julian nació el día antes que Islero matara a Manolete en la Plaza de toros  Linares (Jaén) el 29 de agosto del 47,  y José María un día después de enterrarlo. Terrones  dio  vida nueva  a 100 palabras de amistad, Sin riesgo ni reflejo, Inocentes. Santos – Homenaje a Miguel Delibes-, y Extremeña azul. Maribel y Terrones, recitaron al unísono este poema que fue doblemente ovacionado por la concurrencia:

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Roxana, poeta y también amiga del autor, dotó de fuerza expresiva y conmovedora, otros dos pedazos del libro que co-presentamos: Perdidos en la nada y Preguntas.

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El pueblo de Aldehuela no falló a su poeta predilecto. Allí estaban también sus hijos: Julián, Eva y Piedad. Y en la usencia, su hermana Rosa y su hija Ana, gran escritora y amante de la tradición oral de nuestro pueblo, que viven a 36 kilómetros… no de Salamanca, sino de Barcelona. Pero su presencia era notoria. La familia que escribe y lee poesía unida, permanece unida. Tiene lógica. A mi me cupo el honor – el honor, no; el privilegio- de recuperar nuestra infancia.

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Cerró el acto el autor de Sembrados a Voleo (LC Ediciones) para agradecer a todos que le acompañamos  en esta premier literaria que tendrá su continuación en Carrascal del Obispo (abril) y en Salamanca (mayo) Allí estaremos, si Dios quiere, para que el poeta no se sienta solo nunca más.

Julián Martin inició su plática de despedida con el mismo agradecimiento del principio de la velada. “Con ese amor a los recuerdos, y a mis padres, os dedico estas palabras versificadas, que como veréis son sencillas, tal vez ocasionales, quizás vacías del libro, pero llenas de Aldehuela”.  Y nos regaló esta hermosa composición de su nuevo trabajo:

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Julián: Siempre es hermoso volver a casa. Gracias por este encuentro inesperado en la otra orilla del Parnaso.  A pesar del tiempo transcurrido – 25.900 días   con sus 25.900 noches-  gracias a Dios, no se nos ha olvidado todavía el camino de regreso. Aldehuela no era el camino sino la meta. Estamos listos para volver a empezar. Por resumir, robando  tus propias palabras,  “tal vez sea un solo gesto para entenderlo todo.

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Coda: En la presentación aprendimos que la hermana de Mary, la hija del ferroviario,  se llamaba Chaguina y que no eran mellizas; que el nombre de la pescadera primigenia era la señora Amalia, que la señora Maruja la practicanta, cortaba el pelo por una peseta, que el carretero mudo se llamaba Víctor, que la maestra a la que sustituyó doña Tere se llamaba doña Julia y que el señor Crisóstomo murió justo unos días después de que le asignaran el tractor EBRO y, por tanto, nunca pudo disfrutarlo.

Y que las nieves y el paso por los pontones con sus resbalones y caídas eran, en aquel entonces, propios de todos los inviernos. Y un dato clave: éramos casi un centenar de niños y niñas en la escuela. Seguiremos aricando la infancia de los 50 y 60. Hasta que el cuerpo aguante. Gracias.

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aricando la infancia/antonio regalado

BAHÍA DE ITACA

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Julián: “Eres un poeta infinito. Tus versos se sienten, se sueñan, duelen;  apasionan, seducen, excitan, enardecen, arden, embriagan, embrujan y transforman. Tu poesía es adictiva.  Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma”.

  Aricando la infancia

ANTONIO REGALADO  (1)

Querido Julián: me has pedido que hilvane unas palabras sobre nuestra infancia para tu último poemario Sembrados a voleo. Será un placer aricar aquel tiempo de amistades profundas a pesar de las migraciones  forzadas por la falta de surcos y de oportunidades.

Mis primeros recuerdos (años 53-54 del pasado siglo) tienen como principal escenario a la escuela pública. Teníamos  un maestro excelente, don Onofre Herrero Martín, que se jubiló en julio del 57. Recuerdo que aprendíamos a leer recitando “El Quijote” y “De los Apeninos a los Andes”, la novela de Amicis Corazón que nos narraba las desventuras del  amigo Marco buscando desconsolado a…

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Julián: “Eres un poeta infinito. Tus versos se sienten, se sueñan, duelen;  apasionan, seducen, excitan, enardecen, arden, embriagan, embrujan y transforman. Tu poesía es adictiva.  Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma”.

  Aricando la infancia

ANTONIO REGALADO  (1)

Querido Julián: me has pedido que hilvane unas palabras sobre nuestra infancia para tu último poemario Sembrados a voleo. Será un placer aricar aquel tiempo de amistades profundas a pesar de las migraciones  forzadas por la falta de surcos y de oportunidades.

Mis primeros recuerdos (años 53-54 del pasado siglo) tienen como principal escenario a la escuela pública. Teníamos  un maestro excelente, don Onofre Herrero Martín, que se jubiló en julio del 57. Recuerdo que aprendíamos a leer recitando “El Quijote” y “De los Apeninos a los Andes”, la novela de Amicis Corazón que nos narraba las desventuras del  amigo Marco buscando desconsolado a su madre tres décadas antes de que TVE lo popularizara en España.

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Recuerdo como si fuera hoy el frío que se pasábamos  en el invierno y el permiso  que había que solicitar para calentarse las manos y salir a “hacer las necesidades”. Aprendimos algo importante: el respeto a nuestras autoridades. En esos años asistimos a un fenómeno hoy desconocido: las clases nocturnas para mayores.  Era el principio de la erradicación del analfabetismo. Nosotros teníamos clases de lunes a sábados (había fiesta por la tarde los jueves) de 10 a 13, 30 y de 15 a 17,30. Luego, clases extras para los damnificados de tiempos pasados.

Guardo un buen recuerdo de aquel tiempo de  don Onofre; no así de don Arturo, el secretario (y creo que hermano suyo) que hacía las suplencias cuando tenía que viajar a Salamanca para acudir a la Inspección. Su severidad confirmaba ya entonces que con el miedo no se puede ir a ninguna parte.

Una placa en la parte frontal de la escuela recuerda para siempre a don Onofre como un gran benefactor de nuestro pueblo. Él impulsó a estudiar el bachillerato y luego las carreras a tres personas que influyeron mucho para que yo abandonara nuestro pueblo: a Baltasar (ingeniero de Camimos, Canales y Puertos) , a su hermano Francisco (abogado)  y a Amador, el del panadero, que se licenció en Económicas. Fueron los primeros universitarios de Aldehuela. Y para mí todo un ejemplo a imitar. Ir a la universidad era entonces un sueño inalcanzable.

¿Te acuerdas de aquel viaje al Campo para ver a Franco en 1956? Fuimos andando hasta allí, atrochando por la cuesta de La Llanada. Era como escalar el Everest. Cuando habías escalado esa montaña  con la bici, ya podías considerarte casi un hombre.

La comitiva de coches pasó tan rápido que no pudimos verlo ni aplaudirlo. Por cierto, es el único “comportamiento fascista” que tuvimos de pequeños porque no llegamos a aprendernos ni el Cara al Sol ni Montañas Nevadas.

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Luego, llegó don Tomás, que vivía en Sebastián Rubioestuvo dos cursos. Y, lógicamente, nos abrió nuevos métodos de enseñanza; había libros. Si no me falla la memoria, la Enciclopedia Alvarez nos explicaba todas las asignaturas con sus dibujos específicos. Don Antonio llegó de Añover de Tormes. Tengo la certeza de que venía en un camión con enseres personales y algo que me sorprendió: leña para la lumbre. Yo estaba a la puerta de casa cuando a media tarde arribó el camión y ayudé a descargar  las pertenencias. Consiguió que viniera la Biblioteca Popular (¿Biblioteca de Autores Cristianos, la BAC?) cada quince días,  y permitió la prestación de libros clásicos y de poesía en todas las casas. Pudimos leer por vez primera a Calderón, a Lope y a Tirso de Molina.

Don Antonio fue un hombre trascendental en nuestras vidas. Diré por qué: porque nos alentó a muchos a marcharnos a estudiar a los colegios religiosos y al Instituto salmantino  Fray Luis de León. Primero, vinieron  los agustinos y se llevaron a  Dori, el del señor Heliodoro, el peluquero y capataz de la carretera; luego, los dominicos, con José Luis, hijo de un guardia civil y después, casi en tromba, en los años 59 y 60, nos fuimos  Agustín Tello, y José  María Montes, Paco San Teodoro  y yo, que nos dejamos seducir por un hombre santo, el padre Antonio Moldón, trinitario zamorano que tras pasar 20 años en Roma, vive aún en el convento de Valdepeñas. Casi todos éramos monaguillos de don Celestino Lurueña, otro de los personajes fundamentales en nuestra infancua.  Inventó la pistola de agua y mantuvo una imprenta que recuperó viejos libros y misales. Ser monaguillo de don Celestino imprimía carácter.

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De esos finales de los 50, recordarás querido Julián, la leche en polvo más blanca que la nieve que nos preparaba la señora Manuela en el recreo, al filo de las 11; leche por la mañana y queso amarillo por la tarde. Una merienda a veces con mantequilla y galletas.  Era la contribución norteamericana por la firma de las bases en España y nuestro pequeño Plan Marshall para paliar las estrecheces.

Como hijo de labrador, en casa no pasábamos hambre porque matábamos tres cerdos  todos los años; pero también hay que decir  que el plato de cada día era el cocido. Los domingos, paella. Y las sopas de ajo por la noche. Tengo bien presente que mi madre nos decía: “esto es lo que cenan los marqueses de Albayda”. Y yo le respondía: “Pues yo no quiero ser marqués”.

Don Antonio Pérez de  Herrasti y Orellana  y doña Matilde Narváez, (marqueses de Albayda) acudían a la iglesia parroquial a la misa de los domingos y de las fiestas de guardar, en especial en los meses de verano pues vivían  en la finca de Mozarvitos. No podía empezar la ceremonia hasta que llegaban los señores. Y yo era el encargado de abrirle la puerta del coche y decirle, “buenos días, señora marquesa”. Ocupaban un  lugar preferente en la parte delantera izquierda de la iglesia.  Era lógico porque ellos pagaban todas las facturas de las casullas nuevas, de los cálices y se ocupaban de sufragar además todas las festividades.  Luego, íbamos a la finca de don Antonio Pérez Tabernero y a Tejadillo a decir más misas. La propina era de 10 o 20 céntimos. A veces 25. Un dineral para Julián Berrocal y para mi.

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El peso lento del tiempo

De aquel tiempo de inocencia recuerdo llegar a doña Tere por “El Romeque”, con don jóvenes hermosas, hijas de un guardagujas de la estación de Renfe. En el recreo siempre íbamos a verlas. Parecían llegadas directamente del fin del mundo. Creo que eran mellizas, lo que añadía cierto morbo porque equivocábamos sus nombres. Una se llamaba Mary. Nunca debí olvidar el nombre de la otra.

La llegada de los trenes los domingos por la tarde desde Irún-Medina del Campo  hasta la frontera portuguesa y su espera de 15 minutos para repostar agua eran todo un acontecimiento social. Los pasajeros bajaban y tomaban cerveza y vino tinto El Cajón. El depósito del agua es un gran monumento de acero que sigue vivo aún  y era un espectáculo ver llenar los depósitos de los trenes de carbón con ese torrente de agua que parecía inagotable.

Y hablando del agua,  convendréis conmigo en que la llegada del agua al pueblo con sus tres caños, resultó esperanzador y revolucionario.   No más viajes con los burros o con el cántaro a la cabeza, a buscarla a la fuente. Las calles estuvieron abiertas en canal varios meses pero mereció la pena.  Al año siguiente todos teníamos agua corriente en las casas y corrales. Y nos duchábamos con  el confort del calentador gracias a las bombonas de butano.  Atrás quedaban los  barreños de agua tibia en los que nos habíamos aseado hasta entonces.

Y cuando ampliaron el depósito de las aguas, tengo muy presente a mi tío Victoriano, renovando el agua de las pozas nuevas -centro de reunión de las mujeres-con su PIVA, que traía desde San Muñoz en una moto. Quiero creer -si no me falla la memoria- que le pagaba el ayuntamiento entonces 20 pesetas. Y luego, 30. Gastaba 10 en gasolina.

Las muertes de Domingo, de meningitis,  y de Jose  el de la señora Pilar la del comercio, en un accidente al ser despedido de un camión al que se agarró, me impactaron muchísimo. Domingo era sacristán, amigo íntimo y Jose porque acababa de verlo con vida unos minutos antes. Aun puedo ver su sangre derramada frente a la casa de la tragedia, la de Julita.  Todo el pueblo lloró sus muertes.

Los días se hacían interminables en verano. Y salvajemente cortos y fríos en invierno a pesar del brasero,  de las bolsas de agua caliente para dormir y de los apagones casi diarios a 125V.  Con especial cariño recuerdo los carámbanos colgados de las tejas que arrancábamos como si pudiéramos conservarlos para siempre en congeladores que no teníamos.

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Y, recordarás amigo Julián, cómo aprendimos en La Llaná a nadar en los caozos del río que hoy le dicen arroyo de  Valdemoro, aunque juro que nunca escuché ese nombre de pequeño. Estoy hablando de los meses de febrero y marzo porque en verano nos bañábamos en la charca de Sancho Bueno, de unos 20 metros de diámetro,   subidos en  los neumáticos de las ruedas parcheabas  de los camiones que había en el pueblo: el del señor Jesús, el padre de Chuchi, y el del señor Saturnino, el minero.

Jugar a pídola, a las carreras de coches con los platillos de las cervezas, a la peonza, al escondite, al castro  y a resbalar sobre la yerba mojada, con peligro de que  se rompieran los pantalones… eran junto al futbol  con pelotas de papel y cuerdas,  los deportes favoritos.  A veces terminábamos las batallas a pedradas. Hace unos años, me hicieron un scanner  y me encontraron una zona necrosada. Tardé en recordar que fue  una pedrada de uno de los “enemigos” de entonces. Recuerdo quien fue pero ya no le guardo rencor.

Refresco la memoria colectando comida (huevos, chorizo, salchichón, tocino,  morcillas, longanizas,  lentejas, garbanzos), que se hacía en Cuaresma y que luego se entregaban a las familias más necesitadas. Recorríamos las casas a petición de don Celestino y luego él nos regalaba huevos que nos preparaba la mujer del señor Laureano, la señora Asunción. Un año tocamos a media docena por sacristán  y casi reventamos.

“Correr los gallos”, arrancando las cabezas que colgaban de dos carros empinados a lomos  de caballos veloces  o de burros percherones,  siempre me pareció algo salvaje. Afortunadamente yo era pequeño y nunca participé.  El tiempo se encargó de abolirlo. Hoy nos hubiera denunciado todo el gremio animalista. Asocio este acto al juego del marro  (“la calva”)  que contaba con tantos especialistas en Aldehuela porque se jugaba los domingos en el mismo espacio de las eras, junto a la fragua.

En las Fuestas de la Virgen del Rosario, el primer domingo de octubre, todo se desbordaba. Preparar la plaza con carros era pimordial y empezaba el jueves anterior. Los labradores cedían los carros y los mozos (y los chavales) los llevábamos hasta lo que hoy es el silo. Teniendo yo seis o siete años, Angel Carrasco me dio un vaso de vino… o yo sé de qué más, y quedé fulminado. Desperté el martes siguiente con una tremenda resaca. Nunca me he vuelvo a emborrachar. Disparar a las dianas con escopetas de feria -nunca mejor dicho- eran el mayor reto. Mi hermano Manolo, Chuchi y Satur, eran los campeónes.

La Semana Santa siempre resultaba muy solemnes, en especial en dos momentos: la subasta para sacar y meter al  Cristo en la iglesia y la entrega de los barreños con comida a las familias más pobres. Siempre me parecieron dos actos muy humanos: uno para dar las gracias a Dios por algún acontecimiento personal (salir bien de alguna operación quirúrgica)  y dos, por solidaridad. Se me desvanece el pensamiento cuando puedo visualizar a alguna persona hambrienta en la Casa del Pobre junto al río. Los viandantes  daban más miedo que compasión. Todas las familias les entregaban algo para mitigar sus penurias. Luego se iban o otro pueblo.

Y no puedo desvincular nuestro pueblo  tampoco de las minas de mica y feldespato que “contaminaban” con diminutas partículas plateadas todo el centro del pueblo. Don Saturnino y los suyos  conmemoraban cada 4 de diciembre la celebración de Santa Bárbara, su patrona. Una fiesta por todo lo alto. Y cómo no rememorar la explosión que hirió gravemente a Benigno. La falta de información tras el accidente nos hizo temer por su vida.

Avanzando en esta tarea tan labradora y otoñal, decir que  siempre me pareció un lujo que hubiera cinco bares en el pueblo: el de la señora Baralides, el del señor Laureano, el de los Carrascos, el de Jovi y el de Juan, “El Chinito”. Allí conocimos  a Manuel Benitez “El Cordobés” cuando era maletilla. Y en la estación, teniamos tres más: el Cajón, de Jesús  el cartero de Sanchón y La Sagrada, El Mesón (que hoy sigue regentado por Alipio)  y el  de la señora Olimpia, que estaba en la general frente a la Fábrica de harinas. No éramos ricos pero tampoco necesitábamos mucho para ser felices. Además, entonces disponíamos también de  dos salones de baile aunque yo no he aprendido nunca a bailar ni el pasodoble. Y de dos panaderías, la del señor Amador y la del señor Demetrio.

E34704E7-69EC-4D71-AB53-54E7C671C641.jpegCielo de Aldehuela de la Bóveda.

En julio de 1959, como a las siete de la tarde,  recuerdo como si fuera ahora mismo, que estábamos esperando el tren y Juanito (q.e.p.d.) el hermano de Satur, llegó en su bicicleta de carreras  y anunció:” Fermín Bahamontes ha ganado el Tour de Francia”. Lo había escuchado en la radio. Muchos todavía escuchábamos el Parte de RNE y al padre Peyton por la de los vecinos. Lo celebramos con vino, Revoltosa y unos chochos. (Cuarenta años después, yo entrevistaba en directo en TVE-CLM en Toledo  a aquel campeón)

La fabrica de harinas que perteneció a mi tío Francisco, con sus cintas transportadoras, su polvo permanente y los restos de salvados, era la industria principal; convertía el trigo en harina blanquísima para el pan. Pareciera un lugar encantado, casi mágico para los niños. Yo la visité en varias ocasiones porque el administrador, Sebastián, era pariente porque su madre, la tía Catalina, era prima hermana de mi padre, Manuel Regalado.

Nuestro pueblo poseía en aquella época  también un cinturón verde con frondosos huertos en la fuente, en  las pozas de lavar la ropa, al lado del río subiendo a tu casa, Julián, y entre el cementerio y el río que viene de Robliza, junto a la finca de Castro. Se desbordaba con frecuencia y ello  aumentaba sus cosechas.

El señor Agustin, amigo de partida del tute  de mi padre los domingos, nos surtía de las mejores verduras. La competencia vendría de los Marciales que trabajaron con fervor el huerto de la Fuente, comprado, creo, Heliodoro. La fruta -excepto los higos- llegaba en abundancia de la sierra de la Peña de Francia y el vino y el aceite en pellejos. Las aceitunas, inmejorables.

Había agua en abundancia, -hacíamos tomas- y corría un hilito incluso en el verano que agradecían las parejas uncidas  durante la trilla. Y había ovejas y cerdos. Y los pollos y los milanos… ¡que viene el milano¡ era todo un grito de guerra, para proteger  a los polluelos.

Recordarás conmigo a algunos aviadores de las bases del Campo bombardeándonos con octavillas de apoyo a la causa. Y todos cobtestábamos lo mismo: “Menos Franco y más pan blanco”, a pesar de estar tan cerca de la ermita de Santiago donde se celebró la histórica reunión en la que se le designó Jefe del Estado y Generalidimo de los Ejércitos. No conocí en el pueblo ningún sospechoso antisistema, al fin y al cabo, don Celestino era capellán de Franco. Hoy, ochenta y tres años después, las pistas son un erial y la iglesia es una ruina no tiene okupas”.

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Prosigo, Julián,  aricando: al leer  uno de tus sonetos recobré la imagen de Flora, la de la Casilla, joven lozana hija de uno de los guardagujas que traía una cántara de leche y una medida de un litro por un lado,  y medio por el otro. Una cántara con su corcha. ¡Hacía años que no escuchaba esa palabra¡

Ha pasado demasiado tiempo y  nuestro común amigo Ángel Benito, otro artista de los pinceles, me refresca la memoria del nombre de la señora que nos surtía de pescado los jueves y sábados. Se llamaba Teresa.  Creo que sustituyó a otra pescadora anterior que venía de Salamanca en el tren de la mañana y traía siempre cuatro cajas con sardinas, merluza, bacalao y bonito envueltas en hielo escarchado. Buena gente.

Y cómo no tener presente el comercio del señor Quico, con su placa que anunciaba Tejidos y Coloniales. Con Jesús, su hijo, nunca nos ha faltado de nada. Y ahí sigue en la brecha, sumando sin calculadora y sin equivocarse. Y evoco de pasada al señor Miguel (“Maderas”) que diseñaba las mejores garrochas mientras su hija Ninfa y su nieta Pilar regentaban el teléfono. Y cómo no reseñar a las rebequeras… con su nueva tricotosa. Y al señor Jesús y a su hermano “el mudo”, que fabricaban carros. Y a Ángel el de Orófila,   siempre tan ocupado de sol a sol con su nuevo molino. Para nosotros vecinos desde siempre y como de la familia.

Del señor  Crisóstomo, el suegro de mi cuñada  Teresa, retengo tres imagines: cuando tiraban el tejado para levantar el segundo piso de la casa, – yo iba a la escuela y me volví para verlo- , cuando construyeron la nueva cochera y no nos dejaba jugar a la pelota y cuando se quemó el  cernidero. Tocaron las campanas para alertar al pueblo pero el incendió se propagó sin piedad. Incluso me acuerdo cuando compró un EBRO y una MONTESA que utilizaban los nietos, hijos de Isidro. De  Isidro, casado con Violante,  me hice amigo años después. Era un gran anfitrión y un excelente conversador.

Tengo una visión casi reciente del día que el señor Antonio,  se marchó a Venezuela; le despedimos en la estación. Dolores, Víctor y Miguel lloraban sin consuelo. Y  asímismo, del día que regresó unos meses después con las orejas “aguchás” sin hacer fortuna. Le recibimos con los brazos abiertos a pesar del fracaso. Siempre es bueno volver a casa.  Y no puedo dejar de reseñar  las partidas de julepe que eran el vicio “nacional”  de aquel tiempo y que mantuvimos hasta que la crisis de este siglo nos castigó a ser personas decentes y honorables.

Sería injusto si no mencionara al doctor Benigno  Gay, que atendió a mi madre  en doble parto – Manolo yo  fuimos sietemesinos  y vivimos de milagro- , y que una noche me sacó  un garbanzo de la nariz; don  Benigno fue el primer comprador de un 600 en el pueblo  y su hija Amelita la primera que tuvo una cámara  de fotos en Aldehuela y nos inmortalizó en blanco y negro en las parvas.

Aun veo con claridad a Maruja, la del señor Bernardo,  que era la practicanta del pueblo. Y a sus hijos Guillermo y a Alvaro, campeón de España éste en 600 metros.  Y a sus hermanas,  Vicenta y Rosa, grandes animadoras del rosario por las noches.

El punto de encuentro del pueblo para los hombres era la fragua de Jesús, el herrero, situada junto a la carretera en el camino De la Fuente, heredada de su padre. Allí a poco espabilado que fueras, te enterabas de todo. De lo bueno y de lo menos bueno.

De alguna visita a tu casa, querido poeta, arriba en el monte, recuerdo una candela de aceite porque no tenías  electricidad y la lumbre;  y  de haber ido a coger bellotas en las encinas que la rodean. Y me acuerdo  de tu padre, Bonifacio. Y de tu hermana Rosa… ¿Tienes un hermano mayor que se llama Martín Martin Martín?, –pregunto.

El señor Agapito Regalado era un vecino labrador muy amigo de mi padre. El Día  de Año Nuevo del 54 -quizás el 55-  toda la familia estábamos en el Salón de Baralides. La casa estaba abierta, como era habitual, y el señor Agapito entró en casa. Cuando llegó mi madre movió las tenazas de la lumbre. Mi madre salió despavorida. Llegamos todos. Y repitió el efecto. La guardia Civil rodeó la casa y le pidió que se entregara, pero nadie contestaba.  Después de una media hora eterna… la pareja de la Benemérita amenazó en voz alta con entrar. Tras unos minutos de silencio, el señor Agapito salió con las manos en alto, susurrando:¡No disparéis que doy Agapito! ¡No disparéis que soy Agapito.

A punto estuvo de que le dispararan.  ¿ Porqué has hecho eso?- le dijo mi padre. El hombre no supo qué responder. Estaba avergonzado. Todos lo celebramos con pastas, floretas, coñac   y anís pero en nuestra casa el fantasma del Sr. Agapito cabalgó por las dos cocinas que teníamos durante al menos una década.

Meses después, nos enseñó a mi padre 6 a mí una caja que tenía guardada en el corral. La abrimos y ¿qué había dentro? Centenares de cajas de cerillas compradas muchos años antes, como inversión. Estaban húmedas e inservibles  y las quemamos en la cuneta de la carretera. Fue a la primera persona que le escuché decir siendo un niño que “había que invertir en ladrillos” de la fábrica de Robliza.

La amistad del señor Agapito con mi padre -creo que eran algo de  familia- no se quebró. Al contrario, siguieron hablando de las batallas de la guerra al calor de la lumbre. Nos prestó un corral gratis total para meter las ovejas  al menos durante 15 ó 20 años. Buena gente aunque su comportamiento resultará  tan insólito en aquella noche del primer día del 55.

Pero hay un hecho que nadie nos explicó nunca en el pueblo: por qué se abandonó la iglesia de la estación. ¿Un incendió provocado? ¿Alguien se hizo rico quedándose los cálices y las patenas bañados en oro? ¿Por qué no se ha recuperado para el culto tan hermosa “catedral”? Todos los pueblos tienen sus secretos y el nuestro tiene derecho a seguir guardando ese misterio.

Un punto y aparte para mostrar el respetos a la Guardia Civil que tanta protección nos dio durante aquellos años de escasez. Y a sus familias que siempre se integraron como si hubieran nacido en Aldehuela. Hoy el cuartel es nuestro Ayuntamiento, la Casa de todos. Nuestro reconocimiento a la Benemérita. Gracias.

Finalmente me referiré a un acción  vergonzante de la que fui protagonista. Cuando don Antonio se ausentaba de la escuela, su hijo Emilio se autoproclamaba el “sheriff” del lugar. Yo no estaba de acuerdo así es que discutí con él;  me amenazó con la regla y yo le di un puñetazo en el ojo derecho con tan mala suerte que cayó y empezó a sangrar. Llegó su padre, me pegó con el palo redondo en la yema de los dedos  y alguien se lo chivó a mi padre. Me dio dos guantazos y me mandó a dormir al pajar.

Amparo, mi madre,  y mi tía Rufina, se apiadaron  de mí y al filo de la medianoche me llevaron una manta. Aprendí algo: no hay que pegar nunca al hijo de un maestro. Espero que Emilio me haya perdonado. Nunca he vuelto a pegar a nadie. Y, por cierto, no me quedó ningún trauma por el doble y merecido castigo.

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Desertor del arado

Invocando la nostalgia rural amigo  Julián, aún retengo en mis pupilas el primer tractor que llegó al pueblo: fue el IFA del Amo Nuevo, el padre del señorito Víctor y del señorito Jaime.  Años después llegarían las trilladoras, alimentadas por arriba que recogían el trigo por el lateral izquierdo y expulsaban la paja ya trillada. Pocos años antes habien hecho aparición las segadoras; primero, tiradas por un par de bueyes  y luego por los tractores. La revolución tecnológica llegaba en los sesenta al campo y produjo una emigración masiva; sobrábamos mucha gente. Los destinos estaban claros: Madrid, Barcelona, Asturias, Bilbao, Barcelona, Francia, Suiza y Alemania. 

Mirando hacia atrás sin ira, contabilizo en aquella época casi una veintena de labradores. Hoy quedan tres. Mi padre, como bien sabes querido poeta, disponía de apenas unas pocas hectáreas, distribuidas en casi 15 parcelas (fincas, le dicen en otros sitios); tenía una pareja de bueyes, dos vacas y unos novillos que vendía anualmente  en la Feria de ganado en Salamanca para sobrevivir.

Utilizaba el arado romano. Y justo el año en que yo me fui al seminario, estrenaba una vertedera… todo un prodigio `para arañar más profundamente la tierra…”,  una tierra  nuestra en la que, como bien  sabes,  debajo de una piedra hay otra piedra.

Yo la verdad es que envidiaba a los amigos de la escuela que no tenían que trillar, ni levantarse a las cuatro de la mañana para ir a buscar con una copa de orujo o de aguardiente, a la raya de Olleros,  los haces  de trigo, de avena o de cebada; luego, almorzar; eso sí, patatas, tocino, chorizo y medio huevo, -el otro medio era para mi hermano Manolo– y , a trillar jornadas de mañana y tarde. Los trilliques malos (yo lo era) no teníamos derecho a siesta y debíamos vigilar las yuntas. Lo peor era meter la paja y se remataba el calvario del verano con la siega de los garbanzos. Y el respigo… Tengo mi herida abierta todavía en el dedo corazón izquierdo por segar garbanzos.

Aventaba yo mis esperanzas pensando en desertar del arado. Y a fe que en el 59, cuando los trinitarios se llevaron a Tello y a Montes, vi el camino despejado. Al año siguiente, con 12 años, me  apunté. Y mis padres, con gran sacrificio, -tenían que pagar 100 pesetas cada mes- me apoyaron. Nunca se lo agradeceré bastante.

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Tejiendo estas ideas de la infancia, recuerdo la aventura de viajar en el tren hasta Salamanca con mi madre sin billete de vuelta. Era mi tercer viaje a la ciudad; la primera para comprar el traje de la Comunión y la segunda para operarme de apendicitis en el Hospital de la Santísima Trinidad cuatro años antes. En esta ocasión, me duché por vez primera en casa de mi tía Dora;   luego, por la tarde, el encuentro con los futuros compañeros trinitarios. Era  mitad de septiembre.

Apasionante el viaje en coche de 3ª naturalmente, en el tren a Madrid vía Ávila –casi seis horas y media- y la experiencia de montar en metro  porque en la estación del Norte nos esperaba Angelita, la hermana mayor de Paco San Teodoro que vivía en la capital  y nos llevó  hasta la estación de Atocha. Montar en metro fue toda una odisea con su transbordo en Sol. Pero, lo que aún tengo presente,  tras la parada del tren a Andalucía en Villacañas (¡Villacañas, 3 minutos!), no fue  la llegada en la mitad de la noche oliendo a vides recién cortadas a Alcázar de San Juan (Ciudad Real),  sino el día siguiente.

Nos reunieron a todos los  seminaristas en el Estudio y un padre  nos advirtió de la seriedad del trabajo y del futuro: “Bienvenidos: debéis saber  que vuestros padres pagan 100 pesetas al mes (1,2 euros de hoy); se os ha solicitado una beca del PPO (Principio de Igualdad de Oportunidades) de 1.000 pesetas mensuales. Si no aprobáis   en junio  el Ministerio de Educación  os la quitará y tendréis  que volver  casa”. Ese día me juramenté para no perder jamás ninguna beca. Me convertí en un desertor del arado, sí; pero no ahorcaría los libros. Nunca.

Decisiones vitales

No sé si a vosotros, queridos paisanos, os ha sucedido. A mí sí. A lo largo de la vida he tenido que tomar algunas decisiones que han cambiado mi historia y mi vida entera. Dos de las más decisivas las tomé aquí. Justo detrás de la escuela, cuando yo tenía 11 años, había tierras de labranza. La que lindaba con la escuela precisamente era nuestra. Octubre. Me asomé por la ventana. Reconocí  a mi primo Braulio, aricando con los bueyes. Todas las sementeras, mi padre sufría úlcera de estómago que le obligaba a reposar porque sangraba. Y mi primo nos ayudaba.

Pedí  permiso a don Antonio para “hacer de mayores” y me encaminé  a saludar a mi primo. Le pedí que me dejara la mancera. Y lo hizo. Creo que aguanté  poco más de un de un minuto. Los bueyes dibujaron en el surco una curva excesiva e impropia. Iban donde les daba la gana. Me sentí derrotado y me allí mismo me dije:  “Esto no es para ti. Tienes que irte”. Lo interioricé con tal fuerza que se convirtió  en mi himno de batalla personal, en un principio y en un final. Los trinitarios llegaron  llovidos del cielo al mayo siguiente.

Para corroborar mi decisión ya inapelable, el gran Mario Herrero publicaba en el “YA DOMINICAL” unas semanas después un artículo premonitorio: “que no arañe la tierra” -escribía el ilustre periodista- “quien no tenga agallas para ello”. Servidor no las tiene -me dije- y me reafirmé en mi testarudez.

Y, la segunda decisión vital la tomé ocho años después,  a los cuatro o cinco días de bendecirse  esta Casa de la Cultura. Yo había salido ya del seminario (1964) y al año siguiente se inauguraba este centro escolar. Como estaba aquí me acerqué a la ceremonia; redacté una crónica del acontecimiento (vino hasta el gobernador civil de la provincia, el señor Aenlle) y la envié a EL ADELANTO.  La máquina de escribir me la prestó don Belisario, el secretario. Gran persona. Era la del Ayuntamiento. El 16 de julio, apareció la crónica firmada por un tal  Antonio RE porque me daba vergüenza que me reconocieran. Y aquella mañana de la Virgen del Carmen, decidí hacerme periodista.

Me pasé once años pensando cada mañana, lo mismo: “Tengo que conseguirlo, tengo conseguirlo”. Durante más de cinco décadas  he escrito miles del crónicas, reportajes y entrevistas para contar lo que pasa. Contar lo que pasa, incluso para personas como yo, que soy un hombre de extremo centro y de secano,  me parece una empresa revolucionaria. Un privilegio vivir de este oficio, lo confieso.

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A finales de ese mismo año sufrimos el acontecimiento más trágico de nuestra historia: el accidente ferroviario de El VILLAR, a causa de la niebla el 18 de  diciembre del 65, en el que  perdieron la vida 34 personas y hubo 50 heridos. Cuando llegué estaba allí Julian el cadete y aspirante a guardia civil en Valdemoro (Madrid) dirigiendo las operaciones de rescate. Yo estaba aterrado. Me quedé inmóvil viendo los hierros y los cuerpos retorcidos, bañados con sangre inocente. Tardé años en olvidar aquel escenario tan dantesco.  Recuerdo la misa de acción de gracias que se celebró al domingo siguiente porque no falleció nadie del pueblo. Y aun puedo ver la cara de la señora Hortensia, la mujer  del señor  Lisardo y de sus hijas por haber salido ilesa del accidente.

Julián: Espero  haber aricado, -compañero del alma, compañero-, nuestra infancia para seguir sembrando esta renacida amistad. Ahora sí concluyo.

Un autor infinito

Confesarte abiertamente que no te hice caso y me bebí tu libro de un sorbo –como diría nuestro admirado Joaquín Sabina– y continué con tus sonetos, sembrados de ternura, de amor, de cariño a nuestra tierra y a nuestras gentes. Todos los paisajes te pertenecen.

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Lamento haberte descubierto tarde pero tengo por delante aún mucho tiempo para admirarte.  Estoy seguro de que Maribel y José María explicarán mejor que yo la profundidad de tu obra.

Eres un poeta total, auténtico. Estás  en la Historia. Has subido al Parnaso y allí te has instalado para  siempre. Tu poesía se siente, se sueña, duele;  apasiona, seduce, excita, enardece, arde, embriaga, embruja y transforma. Es adictiva. Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma.

Deberías pagar un impuesto mensual por tener tanto talento para este oficio de juntar palabras y silencios con la armonía y los arpegios de un Beethoven.  Puro sentimiento. Sentimientos nobles. Tus versos están exentos de miedo y de venganza. No hay revancha por haber trabajado por cuenta ajena.

Al fin y al cabo, tú eres desde hace seis décadas el dueño y señor de las lunas, de los atardeceres, de los surcos, de las tocineras, de los cerros, de los regatos, de las charcas, de los amaneceres, de los mares de espigas mecidos con tu bonhomía,  de los océanos de encinas y de robles, y de todos los vientos cierzos, serranos y gallegos de esta tierra tan nuestra. 

Me has recordado a Miguel Hernández, a Gabriel y Galán, a los místicos… tus sonetos están a la altura de los de Quevedo y de Calderón. Tienes alma de labrador. Eres un hombre libre. Tu ética y tu austeridad se reflejan en tu amplio repertorio. Eres ante todo, en el buen sentido de la palabra -homenaje a Machado, don Antonio-,  un hombre bueno. Y eres, ante todo,  un hombre de fe. Y eso ha movido todas las montañas.

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Hace mucho tiempo que dejé escrito que la vida se reduce a cuatro palabras: “amar y ser amado”. Sin moverte de nuestra provincia, te  has convertido en el creador de un mundo nuevo, de un universo con horizontes lejanos,  de un cosmos galáctico donde se respira bondad y libertad. Eres un privilegiado porque has amado en demasía y te han querido con desmesura… ¡Gracias, señora Piedad!

Eres, además, un cronista en tiempo real cuando “Se desgarró la vida” tras  el atentado del 11-M; relatas “La Tormenta” de Carrascal cual notario de la historia y terminas tu “Amor en Geometría” delatando que sigues siendo, cual Da Vinci, un innovador en el fondo y en las formas.

Me pregunto en voz alta, amigo Julián, -tu eres de Aldehuela y no de Cordovilla porque la patria de uno es dónde se va a la escuela- qué  hubiera sido de ti si en vez de escribir en castellano lo hubieras hecho en inglés o en francés. Creo que hasta el propio Shakespeare, gran maestro del soneto, hubiera sentido celos de tu talento.  En América, hubieras eclipsado al mismísimo  Walt Whitzman  y a sus “Hojas de Hierba”. Y en Rusia, estarías inmortalizado en una estatua como un colega a la altura de Alexander Pushkin.

Te adelanto  antes de terminar, que cambiaría mis 20.000 crónicas escritas en el aire, en la tele, en la prensa escrita y en el planeta digital, por un par de endecasílabos encadenados tuyos (sin estrambote, claro está)

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Sabio Julián, gran perito en lunas llenas y despertares: ya sabemos a qué has dedicado tu tiempo libre. Y bien que te ha cundido. Has invertido todo tu capital y tu talento en alcanzar la inmortalidad. Incluso a tu pesar.  Intuyo que nadie mejor que tu para poner letra a nuestro Himno Nacional que falta nos hace y así sentirnos más orgullosos de nuestra España. 

Escribió San Pablo a  los corintios,  que el amor no pasa nunca. Pasaremos nosotros, querido amigo, pero tu poesía permanecerá más allá de este siglo y de este milenio porque tu verso brota de manantial sereno y siempre has sido respetuoso con todos y en especial con el medio ambiente.

Nos sentimos orgullosos de ti, de tu obra y  de tu ejemplo.  Eres un gran paisano.  Un privilegio estar aquí. Y ser tu amigo. Recibe un abrazo eterno.

¡Que Dios te bendiga, que los dioses griegos del Parnaso te protejan y que las musas no te abandonen nunca¡

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B4345D1B-921A-451F-A8B2-FEA16D5B057E.jpegCultivando Sonetos. Julian MARTIN.

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(1) Este texto servirá de guión para co-presentar con Maribel DOMINGUEZ y José María SANCHEZ, el libro de nuestro gran poeta (y amigo) Julian MARTIN, MARTIN.

fotos: A. REGALADO, Prudencio CABALLERO y Ludi GARCÍA.

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“Eres un poeta infinito. Tus versos se sienten, se sueñan, duelen;  apasionan, seducen, excitan, enardecen, arden, embriagan, embrujan y transforman. Tu poesía es adictiva.  Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma”.

           

  Aricando la infancia

ANTONIO REGALADO

Querido Julián: me has pedido que hilvane unas palabras sobre nuestra infancia para tu último poemario Sembrados a voleo. Será un placer aricar aquel tiempode amistades profundas a pesar de las migraciones  forzadas por la falta de surcos y de oportunidades.

Mis primeros recuerdos (años 53-54 del pasado siglo) tienen como primer protagonista a la escuela pública. Teníamos  un maestro excelente, don Onofre Herrero Martín, que se jubiló el 23 de julio del 57. Recuerdo que aprendíamos a leer recitando “El Quijote” y “De los Apeninos a los Andes”, la novela de Amicis Corazón que nos narraba las desventuras del  amigo Marco buscando desconsolado a su mamá tres décadas antes de que TVE lo popularizara en España.

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Recuerdo el frío que se pasábamos  en el invierno y el permiso  que había que solicitar para calentarse las manos y hacer las necesidades. Aprendimos algo importante: el respeto. En en esos años asistimos a un fenómeno hoy desconocido: las clases nocturnas para mayores. Era el principio de la erradicación del analfabetismo. Nosotros teníamos clases de lunes a sábados (había fiesta por la tarde los jueves) hasta las 18 horas

Guardo un buen recuerdo de aquel tiempo de  don Onofre; no así de don Arturo, el secretario (y creo que hermano) que hacía las suplencias cuando tenía que viajar a Salamanca para acudir a la Inspección. Su severidad confirma ya entonces que con el miedo no se puede ir a ninguna parte.

Una placa en la parte frontal de la escuela recuerda para siempre a don Onofre como un gran benefactor de nuestro pueblo. Él impulsó a estudiar el bachillerato y luego las carreras a tres personas que influyeron mucho para que yo abandonara nuestro pueblo: a Baltasar, su hermano Francisco y a Amador, el del panadero. Fueron los primeros universitarios de Aldehuela. Y para mí todo un ejemplo a imitar.

¿Te acuerdas de aquel viaje al Campo para ver a Franco en 1956? Fuimos andando hasta allí, cuesta de La Llanada arriba. Era como escalar el Everest. El coche pasó tan rápido que no pudimos verlo ni aplaudirlo. Por cierto, es el único comportamiento fascista que tuvimos de pequeños porque no llegamos a aprendernos ni el Cara al Sol ni Montañas Nevadas.

Luego, llegó don Tomás, que venía desde Sebastián Rubioestuvo dos cursos. Y, lógicamente, nos abrió nuevos métodos de enseñanza; había libros. Si no me falla la memoria, la Enciclopedia Alvarez nos explicaba todas las asignaturas con sus dibujos específicos. Don Antonio llegó de Añover de Tormes. Recuerdo que venía en un camión con enseres personales y algo que me sorprendió: leña para la lumbre. Yo estaba a la puerta de casa cuando a media tarde arribó el camión y vi cómo descargaban las pertenencias. Consiguió que viniera la Biblioteca Popular cada semana y permitió la prestación de libros clásicos y de poesía en todas las casas.

 

Fue un hombre trascendental en nuestras vidas. Diré por qué: porque nos alentó a muchos a marcharnos a estudiar a los colegios religiosos y al Instituto Fray Luis de León. Primero, vinieron  los agustinos y se llevaron a  Dori, el del señor Heliodoro, el capataz de la carretera; luego, los dominicos, con José Luis, hijo de un guardia civil y después, casi en tromba, en los años 59 y 60, nos fuimos  Agustín Tello, y José  María Montes, Paco San Teodoro  y yo, que nos dejamos seducir por un hombre bueno, el padre Antonio Moldón, trinitario zamorano que tras pasar 20 años en Roma, vive aún en el convento de Valdepeñas. Casi todos éramos monaguillos de don Celestino Lurueña, otro de los personajes fundamentales en nuestras vidas. Inventó la pistola de agua y mantuvo una imprenta que recuperó viejos libros y misales.

De esos finales de los 50, recordarás querido Julián, la leche en polvo más blanca que la nieve que nos preparaba la señora Manuela en el recreo, al filo de las 11; leche por la mañana y queso amarillo por la tarde. Una merienda a veces con mantequilla y galletas.  Era la contribución norteamericana por la firma de las bases en España y un pequeño Plan Marshall para paliar las estrecheces.

Como hijo de labrador, en casa no pasábamos hambre porque podíamos hacer matanza todos los años; pero también hay que decir  que el plato de cada día era el cocido. Y las sopas de ajo por la noche. Recuerdo que mi madre nos decía: “esto es lo que cenan los marqueses de Albayda”. Y yo le respondía: “Pues yo no quiero ser marqués”.

Don Antonio Pérez de  Herrasti y Orellana  y doña Matilde Narváez, acudían a la iglesia parroquial a la misa de los domingos y de las fiestas de guardar, en especial en los meses de verano pues vivían  en la finca de Mozarvitos. No podía empezar la ceremonia hasta que llegaban los marqueses. Y yo era el encargado de abrirle la puerta del coche y decirle, “buenos días, señora marquesa”. Tenían un  lugar preferente en la parte delantera izquierda de la iglesia.  Era lógico porque ellos pagaban todas las facturas de las casullas nuevas, de los cálices y se ocupaban de sufragar además todas las cuestaciones. Luego, íbamos a la finca de don Antonio Pérez Tabernero y a Tejadillo a decir otras misa. La propina era de 10 o 20 céntimos. A veces 25. Un dineral para Julián Berrocal y para mi.

El peso lento del tiempo

De aquel tiempo de inocencia recuerdo llegar a doña Tere por “El Romeque”, con don jóvenes hermosas hijas de un guardagujas de la estación de Renfe. En el recreo siempre íbamos a verlas. Parecían llegadas directamente del fin del mundo. Creo que eran mellizas, lo que añadía cierto morbo porque equivocábamos sus nombres. Una se llamaba Mary. Siento no recordar el nombre de la otra hermana.

La llegada de los trenes los domingos por la tarde desde Irún-Medina hasta la frontera portuguesa y su espera de 15 minutos para repostar,  eran todo un acontecimiento social. Los pasajeros tomaban cerveza y vino en El Cajón. El depósito del agua es un gran monumento de acero que sigue vivo  y era un espectáculo ver llenar los tanques de los trenes de carbón con ese torrente de agua que parecía inagotable.

Los días se hacían interminables en verano. Y salvajemente cortos y fríos en invierno a pesar del brasero,  de las bolsas de agua caliente para dormir y de los apagones a 125V.  Con especial cariño recuerdo los carámbanos colgados de las tejas que arrancábamos como si pudiéramos conservarlos para siempre sin frigoríficos.

Y, recordarás amigo Julián, cómo aprendimos en la Llaná, a nadar en los caozos del río que hoy le dicen arroyo de  Valdemoro, aunque juro que nunca escuché ese nombre de pequeño. Estoy hablando de febrero y marzo porque en verano nos bañábamos en la charca de Sancho Bueno amparados en los neumáticos de las ruedas de los camiones que había en el pueblo: el del señor Jesús y el del señor Saturnino, el minero.

Jugar a pídola, a las carreras de coches con los platillos de las cervezas, a la peonza, al escondite, al castro  y a resbalar sobre la yerba mojada, con peligro para que se rompieran los pantalones… eran junto al futbol  con pelotas de papel y cuerdas,  los deportes favoritos, A veces terminábamos las batallas a pedradas. Hace unos años, me hicieron un scanner  y me encontraron una zona necrosada. Tardé en recordar que fue el golpe de una pedrada de uno de los “enemigos” de entonces. Recuerdo quien fue pero no le guardo rencor.

Refresco la memoria colectando comida (huevos, chorizo, salchichón, tocino,  morcillas, longanizas,  lentejas, garbanzos), que se hacía en Cuaresma y que luego se entregaban a las familias más necesitadas. Recorríamos las casas a petición de don Celestino y luego él nos regalaba huevos que nos preparaba la mujer del señor Laureano. Un año tocamos a media docena por sacristán  y casi reventábamos.

Correr los gallos, arrancando las cabezas que colgaban de dos carros empinados corriendo sobre caballos o burros, siempre me pareció algo salvaje. Afortunadamente yo era pequeño y nunca participé.  El tiempo se encargó de abolirlo. Hoy nos hubiera denunciado todo el gremio animalista. Asocio este acto al juego del marro  (“la calva”)  que contaba con tantos especialistas en Aldehuela porque se jugaban en el mismo espacio de las eras, junto a la Fragua.

Y no puedo desvincular nuestro pueblo de las minas de mica y feldespato que “contaminaban” con diminutas partículas plateadas todo el centro del pueblo. Ello conmemoraba la celebración de Santa Bárbara. Y de la explosión que hirió gravemente a Benigno el de la señora Baralides.

Me pareció siempre un lujo que hubiera cinco bares en el pueblo: el de Benigno, el del señor Laureano, el de los Carrascos, el de Jovi y el de Juan. Allí conocimos  a Manuel Benitez “El Cordobés”. Y en la estación, el Cajón, de Jesús  el cartero de Sanchón y La Sagrada, El Mesón y el  de la señora Olimpia, que estaba en la general al lado de la vivienda de doña Tere.

En julio de 1959, recuerdo que estábamos esperando el tren y Juanito (q.e.p.d.) el hermano de Satur, llegó en su bicicleta de carreras  y anunció:” Fermín Bahamontes ha ganado el Tour de Francia”. Lo celebramos con vino, casera y unos chochos. (Cuarenta años después, yo entrevistaba en directo en TVE-CLM en Toledo  a aquel campeón)

Nuestro pueblo poseía en aquella época un cinturón verde con frondosos huertos en la fuente, en  las pozas de lavar la ropa, al lado del río subiendo a tu casa, y entre el cementerio y el río que viene de Robliza, junto a la finca de Castro. El señor Agustin, amigo de partida de mi padre los domingos, nos surtía de las mejores verduras.

Había agua en abundancia, -hacíamos tomas- y corría un hilito incluso en el verano que agradecían las parejas de vacas durante la trilla. Y había ovejas y cerdos. Y los pollos y los milanos… ¡que viene el milano¡ era todo un fruto de guerra.

Recirdarás conmigo a algunos aviadores bombardeándonos con octavillas de apoyo a la causa. Y todos cobtestábamis lo mismo: Menos Franco y más pan blanco, a pesar de estar tan cerca de la ermita de Santiago y de la histórica reunión en la que se le designó Jefe del Estado y Generalidimo de los Ejércitos. Hoy, ochenta y tres años después, las pistas son un erial y la iglesia es una ruina.

Prodigio aricando: Al leer  uno de tus sonetos recobré la imagen de Flora, la de la Casilla, joven lozana que traía una cántara y una medida de un litro por un lado,  y medio por el otro. Una cántara con su corcha. ¡Hacía años que no escuchaba esa palabra¡

Ha pasado demasiado tiempo y lamento no recordar el nombre de la señora que nos surtía de pescado los jueves y sábados. Venía de Salamanca en el tren de la mañana y traía siempre cuatro cajas con sardinas, merluza, bacalao y bonito. Iba casa por casa vendiendo la mercancía y al caer la tarde, dejaba el carretillo en la estación y regresaba a la ciudad.

Y cómo no tener presente el comercio del señor Quico, con su placa que anunciaba Tejidos y Coloniales. Con Jesús, su hijo nunca nos ha faltado de nada. Y ahí sigue en la brecha, sumando sin calculadora y sin equivocarse. Y evoco de pasada al señor Miguel (“Maderas”) que fabricaba las mejores garrochas mientras su hija Ninfa y su nieta Pilar regentaban el teléfono. Y cómo no reseñar a las rebequeras… con su nueva tricotosa.

Tengo una visión casi reciente del día que el señor Antonio,  se marchó a Venezuela; le despedimos en la estación. Dolores, Víctor y Miguel lloraban sin consuelo. Y del día que regresó unos meses después tras no haber hecho fortuna. Y también de las partidas de julepe que eran el vicio de aquel tiempo.

No podemos dejar en el olvido al doctor Benigno  Gay, -que compró  el primer 600 del pueblo-, y que una noche me sacó  un garbanzo de la nariz; ni a su hija Amelita, que tuvo la primera cámara de fotos en Aldehuela y nos inmortalizó en las parvas.

Aun veo con claridad a la señora Maruja, la del señor Bernardo,  que era la practicanta del pueblo. Y a sus hijos Guillermo y a Alvaro, campeón de España en 600 metros.  Y a sus hermanas, grandes animadoras del rosario por las noches.

El punto de encuentro del pueblo era la fragua de Jesús, el herrero, heredada de su padre. De alguna visita a tu casa recuerdo una candela de aceite porque no tenías  electricidad y  de haber ido a coger bellotas en las encinas que rodeaban vuestra casa. Y me acuerdo  de tu padre, Bonifacio. Y de tu hermana Rosa… ¿Tienes un hermano mayor que se llama Martín Martin Martín?, –pregunto.

Finalmente me referiré a un hecho vergonzante del que fui protagonista. Cuando don Antonio se ausentaba de la escuela, su hijo Antoñito se autoproclamaba el “sheriff” del lugar. Yo no estaba de acuerdo así es que discutí con él, me amenazó con la regla y yo le di un puñetazo en el ojo derecho con tan mala suerte que cayó y empezó a sangrar. Llegó su padre, me pegó con la regla en la yema de los dedos y alguien se lo dijo a mi padre. Me dio dos guantazos y me mandó a dormir al pajar. Mi madre y mi tía Rufina se apiadaron  de mí y al filo de la medianoche me llevaron una manta. Aprendí algo: no hay que pegar nunca al hijo de un maestro. Espero que Antonio hijo me haya perdonado. Nunca he vuelto a pegar a nadie. Y no me quedó ningún trauma por el doble castigo.

Desertor del arado

Invocando la nostalgia rural amigo  Julián, aún retengo en mis pupilas el primer tractor que llegó al pueblo: fue el IFA del Amo Nuevo, el padre del señorito Víctor y del señorito Jaime.  Años después llegarían las trilladoras, alimentadas por arriba que recogían el trigo por un lateral y expulsaban la paja ya trillada. Pocos años antes hicieron aparición las segadoras; primero tiradas por un par de bueyes  y luego por los tractores. La revolución tecnológica llegaba en los sesenta al campo y produjo una emigración masiva porque sobrara mucha gente. Los destinos estaban claros: Madrid, Barcelona, Asturias, Bilbao, Francia, Suiza y Alemania.

Mirando hacia atrás sin ira, contabilizo en aquella época casi una veintena de labradores. Hoy quedan tres. Mi padre, como bien sabes querido poeta, disponía de apenas unas pocas hectáreas, distribuidas en casi 15 parcelas (fincas, le decían en otros sitios); tenía una pareja de bueyes, dos vacas y unos novillos que vendía anualmente  en la Feria de ganado en Salamanca.

Utilizaba el arado romano. Y justo el año en que yo me fui al seminario, estrenaba una vertedera… todo un prodigio `para arañar más profundamente la tierra…”,  una tierra  nuestra en la que  debajo de una piedra hay otra piedra.

Yo la verdad es que envidiaba a los amigos de la escuela que no tenían que trillar, ni levantarse a la cuatro de la mañana para ir a buscar con una copa de orujo o de aguardiente, a la raya de Olleros,  los haces de trigo, de avena o de cebada; luego, almorzar (eso sí, patatas, tocino, chorizo y medio huevo, -el otro medio era para mi hermano Manolo– y luego, a trillar mañana y tarde. Los trilliques malos (yo lo era) no teníamos siesta y debíamos vigilar las parejas de vacas y de bueyes. Lo peor era meter la paja y se remataba el calvario del verano con la siega de los garbanzos. Y el respigo… Tengo mi herida abierta todavía.

Aventaba yo mis esperanzas pensando en desertar del arado. Y a fe que en el 59,, cuando los trinitarios se llevaron a Tello y a Montes, vi el camino abierto. Al año siguiente, con 12 años, me  apunté. Y mis padres, con gran sacrificio, -tenían que pagar 100 pesetas cada mes- me apoyaron. Nunca se lo agradeceré bastante.

Hilvanando estas ideas de la infancia, recuerdo la aventura de viajar en el tren hasta Salamanca con mi madre sin billete de vuelta, y  ducharme por vez primera en casa de mi tía Dora;   luego, por la tarde, el encuentro con los futuros compañeros trinitarios. Era  mitad de septiembre.

Apasionante el viaje en coche de 3ª naturalmente, en el tren a Madrid vía Ávila –casi seis horas y media- y la experiencia de montar en metro  porque en la estación del Norte nos esperaba Angelita, la hermana mayor de Paco San Teodoro que vivía en la capital  y nos llevó  hasta la estación de Atocha. Montar en metro fue toda una odisea. Pero, lo que aún tengo presente, no fue  la llegada en la mitad de la noche oliendo a vides recién cortadas a Alcázar de San Juan (Ciudad Real),  sino el día siguiente.

Nos reunieron a todos los  seminaristas en el aula más grande y el padre Jesús, jefe de estudios,  nos dijo en voz alta y con claridad: “Bienvenidos: debéis saber  que vuestros padres pagan 100 pesetas al mes (1,2 euros de hoy); se os ha solicitado una beca del PPO (Principio de Igualdad de Oportunidades) de 1.000 pesetas mensuales. Si no aprobáis   en junio, el Ministerio de Educación  os quitará  la beca y tendréis  que volver  casa”. Ese día me juramenté para no perder jamás ninguna beca. Me convertí en un desertor del arado, sí; pero no ahorcaría los libros. Nunca.

Decisiones vitales

No sé si a vosotros, queridos paisanos, os ha sucedido. A mí sí. A lo largo de la vida he tenido que tomar algunas decisiones que han cambiado mi historia y mi vida entera. Dos de las más decisivas las tomé aquí. Justo detrás de la escuela, cuando yo tenía 11 años, había tierras de labranza. La que lindaba con la escuela precisamente era nuestra. Octubre. Me asomé por la ventana. Reconocí   a mi primo Braulio, aricando con los bueyes. Todas las sementeras, mi padre sufría úlcera de estómago que le obligaba a reposar porque sangraba. Y mi primo nos ayudaba.

Pedí  permiso a don Antonio para “hacer de mayores” y me encaminé  a saludar a mi primo. Le pedí que me dejara la mancera. Y lo hizo. Creo que aguanté  poco más de un de un minuto. Los bueyes dibujaron en el surco una curva excesiva e impropia. Iban donde les daba la gana. Me sentí derrotado y me allí mismo me dije:  “Esto no es para ti. Tienes que irte”. Lo interioricé con tal fuerza que se convirtió  en un principio sin final. Los trinitarios llegaron  llovidos del cielo, al mayo siguiente.

Y, la segunda decisión vital la tomé ocho años después, cuatro días  después de haberse inaugurado esta Casa de la Cultura. Yo había salido ya del seminario (1964) y al año siguiente se inauguraba este centro escolar. Como estaba aquí me acerqué a la ceremonia; redacté una crónica del acontecimiento (vino hasta el gobernador civil de la provincia, señor Allende) y la envié a EL ADELANTO.  La máquina de escribir me la dejó don Belisario, el ecretario. Gran persona.Era la del Ayuntamiento. El 16 de julio, apareció la crónica firmada por Antonio RE porque me daba vergüenza que me reconocieran. Y aquella mañana de la Virgen del Carmen, decidí hacerme periodista.

Me pasé once años pesando cada mañana, lo mismo: “Tengo que conseguirlo, tengo conseguirlo”. Me he pasado 52 años escribiendo crónicas, reportajes y entrevistas para contar lo que pasa. Contar lo que pasa, incluso para personas como yo que soy un hombre de extremo centro, me parece una empresa revolucionaria.

A finales de ese año sufrimos el acontecimiento más trágico de nuestra historia: el accidente ferroviario de El VILLAR, a causa de la niebla, en diciembre del 65, en el que  perdieron la vida 34 viajeros y hubo 65 heridos. Cuando llegué hasta allí Julian el aspirante a guardia civil, dirigía las operaciones de rescate. Yo estaba aterrado. Tardé años en olvidar aquel escenario tan dantesco.  Recuerdo la misa de acción de gracias que se celebró al domingo siguiente porque no falleció nadie del pueblo.

Espero haber aricado, -compañero del alma, compañero-, nuestra infancia para seguir sembrando esta renacida amistad. Ahora sí concluyo.

Un autor infinito

Confesarte que no te hice caso y me bebí tu libro de un sorbo –como diría nuestro admirado Joaquín Sabina– y continué con tus sonetos, sembrados de ternura, de amor, de cariño a nuestra tierra y a nuestras gentes. Todos los paisajes te pertenecen.

Lamento haberte descubierto tarde pero tengo por delante aún mucho tiempo para admirarte y ayudarte. Estoy seguro de que Maribel y José María explicarán mejor que yo la profundidad de tu obra. Eres un poeta total, auténtico. Estás  en la Historia. Has subido al Parnaso y allí te has instalado para  siempre. Tu poesía se siente, se sueña, duele;  apasiona, seduce, excita, enardece, arde, embriaga, embruja y transforma. Es adictiva. Y, por tanto,  puede ser peligrosa para la salud… del alma.

Deberías pagar un impuesto permanente por tener tanto talento para este oficio de juntar palabras y silencios con la armonía de un Beethoven.  Puro sentimiento. Sentimientos nobles. Tus versos están exentos de miedo y de venganza. No hay revancha por haber trabajado por cuenta ajena. Al fin y al cabo, tu eres desde hace seis décadas el dueño de las lunas, de los surcos, de los cerros, de los ríos, de las charcas, de los amaneceres, de las cosechas y de todos los vientos cierzos, serranos y gallegos de esta zona.

Me has recordado a Miguel Hernández, a Gabriel y Galán, a los místicos… tus sonetos están a la altura de los de Quevedo y Calderón. Tienes alma de labrador. Eres un hombre libre. Tu ética y tu austeridad se reflejan en todo el repertorio. Eres ante todo, en el buen sentido de la palabra -homenaje a Machado, don Antonio-,  un hombre bueno. Y un hombre de fe. Y eso ha movido todas las montañas.

Hace mucho tiempo que dejé escrito que la vida se reduce a cuatro palabras: “amar y ser amado”. Sin moverte de la provincia, te  has convertido en el creador de un mundo nuevo, de un universo sin horizontes,  de un cosmos infinito donde se respira bondad y libertad. Eres un privilegiado porque has amado en demasía y te han querido con desmesura… ¡Gracias, señora Piedad!

Eres, además, un cronista en tiempo real cuando “Se desgarró la vida” tras  el atentado del 11-M; relatas “La Tormenta” de Carrascal cual notario de la historia y terminas tu “Amor en Geometría” anunciando que sigues siendo un innovador en el fondo y en la forma.

Me pregunto en voz alta, amigo Julián, -tú eres de Aldehuela y no de Cordovilla porque la patria de uno es dónde se va a la escuela- qué  hubiera sido de ti si en vez de escribir en castellano lo hubieras hecho en inglés o francés. Creo que hasta el propio Shakespeare, gran maestro del soneto, hubiera sentido celos de tu talento.  En América, hubieras eclipsado al mismísimo  Walt Whitzman  y a sus “Hojas de Hierba”. Y en Rusia, estarías consideradoun colega a la altura de Alexander Pushkin.

Te adelanto  antes de terminar, que cambiaría mis miles de crónicas escritas en el aire, en la tele, en la prensa escrita y en el planeta digital, por un par de endecasílabos encadenados tuyos (sin estrambote, claro está)

Sabio Julián: gran perito en lunas y despertares: ya sabemos a qué has dedicado tu tiempo libre. Y a fe que te ha cundido. Has invertido todo tu capital y tu talento para alcanzar la inmortalidad. Incluso a tu pesar.  Intuyo que nadie mejor que tú para poner letra a nuestro Himno Nacional. 

Escribió San Pablo a  los corintios,   que el amor no pasa nunca. Pasaremos nosotros, querido amigo, pero tu poesía permanecerá más allá de este siglo y de este milenio porque tu verso brota de un amor verdadero es amor y siempre es respetuoso con el medio ambiente. Y con las personas.

Nos sentimos orgullosos de ti, de tu obra y  de tu ejemplo.  Eres un gran paisano.

¡Que Dios te bendiga, que los dioses griegos del Parnaso te protejan y que las musas no te abandonen nunca¡

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“El presidente se ha reconvertido en el campeón electoral del diálogo de centro-centro. Eso sí, denunciando la crispación pero insultando en todas las direcciones.

La última tentación

de Pedro

POR ANTONIO REGALADO 

El presidente del Gobierno, el doctor Pedro Sánchez está en mejor forma que nunca tras anunciar urbi et orbi, que con ocho meses de retraso convocará elecciones generales para el 28 de Abril. Si en esa gloriosa jornada del pasado viernes nos dio un mitin político desde La Moncloa, ya sabemos qué nos espera hasta la jornada de reflexión… Y luego, con las europeas, autonómicas y municipales.

En suma, 100 días de cruzada sanchista desde cualquier púlpito especialmente público o privado, bien sea desde la malherida RTVE, Prisa y SER, las cadenas del duopolio progresista o desde el Congreso y el Senado. El mensaje es el mismo: don Pedro es de centro-centro-centro. Y digo más: de extremo centro.  Y lo demás es derecha, derecha extrema y extrema derecha. Caverna fachosa.

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La tentación vive arriba

Un poco más y se convierte en el discípulo predilecto del gran Adolfo Suárez.  Pedro Sánchez se ha autoproclamado el campeón del diálogo y de la concordia frente al bloque trifálico de la ministra Delgado. Y, además se lo cree.Escuchándolo  en la última cena plenaria de la Cámara Alta, a escasos días de que se cierre  hasta el 21 de mayo, daba la impresión de que estábamos ante un político nuevo, un patriota renovado, conservador, moderado, prudente, reservado, un novicio de la política que nunca ha roto un plato. Un verdadero lobo con piel de cordero.

Pareciera que la tentación del Falcon 950 D en el que ha vivido arriba más que abajo le ha transfigurado de aviador con gafas Rayban a humilde servidor de la causa pública. Solo él –y nadie más que él-,  es el adalid de la justicia social, el quijote de la defensa de la mujer, el protector de los trabajadores, de todos los desvalidos y cómo no, de los pensionistas. (Todo ello con la muletilla casposa y antiacadémica de trabajadores y trabajadoras, ciudadanos y ciudadanas, etc.), menos mal que no ha encontrado un vocablo similar a jóvenes y jóvenas para los pensionistas/tos.

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Así es que en lugar de admitir algún error durante su mandato –“me he dedicado a gobernar y lo voy a seguir haciendo”, enfatizaba con voz electorera-, le echó la culpa de lo que pasa a todos –menos a Podemos y a PNV-. Atacó a los separatistas de pedir lo imposible, de asegurar que vivían mejor con Rajoy y terminó con una frase redonda: “nunca quisieron dialogar, quieren vivir de la crisis”.

A PP y Ciudadanos (lo de VOX estaba implícito en el desprecio) les acusó de crispar, de ser los causantes de no haber votado los presupuestos más justos de la democracia –que se lo digan a las CCAA tras el expolio que ha hecho para llevárselos a Cataluña-, y de querer volver al centralismo franquista. La España de nuestro héroe es la de la inclusión, la de la solidaridad, la de la justicia social contra  los recortes de Rajoy y en la que caben todos, incluidos los golpistas listos para amnistiar.  Pero no dijo cómo.

Diálogo de sordos

 Este campeón del diálogo en todas direcciones no ha hablado con los dos líderes de los partidos mayoritarios de oposición, Casado y Rivera desde hace meses; no les ha consultado nada nunca ni sobre Venezuela (de Guaidó a la expulsión de los eurodiputados)  ni sobre la UE ni sobre el Pacto de Toledo.

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Jamás les comentó que recibiera unas propuestas infames e indignas del supremacista Torra en su minicumbre de Barcelona. De hecho las mantuvo ocultas hasta que el Nada Honorable President las reventó en el Parlament. El documento del chantaje no lo conocían la mayoría de sus ministros. Todo un ejemplo del diálogo y de la transparencia.

Cierto que no pudo rematar su faena de conceder el  relator internacional y otras cesiones como el referéndum  pero deja la puerta abierta para el 29-A. De momento, ha votado en contra en el Congreso (uniendo sus votos a los de los separatistas)  para que no se castigue con penas de cárcel este golpismo permanente y que la próxima convocatoria les salga gratis. Si puede, también quiere blindar a los CDR para que su violencia sea considerada como pequeñas faltas administrativas. Con un par y sin perder la sonrisa.

Ahora, precisamente ahora, ambiciona una lealtad incondicional para conformar un grupo parlamentario a su imagen y semejanza como nuevo líder imperial romano-socialista. ¿Ha solicitado alguna respuesta a las bases? Nunca. ¿Y a la Ejecutiva y al  Consejo Territorial del PSOE? Tampoco. O César o caudillo. ¿Ha escuchado al PSM tras imponer con un  dedazo al candidato Pepu Hernández? ¡Quiá! Es un hombre que solo dialoga con su sombra. Su poder omnímodo es digital. Y absoluto.

Sanchez ha practicado una política de tierra quemada dentro y fuera de su partido  y si no, que se lo pregunten a diputados tan reputados como Soraya Rodriguez y José María Barreda. El PSOE (verdadero) le importa una higa.

Su enemigo –no su rival- más directo es Albert  Rivera a quien califica en su ego-libro de inconsistente, traidor y muy de derechas… Pero él, -insisto- ni crispa ni insulta. Y a quejarse como un plañidero nacionalista. Por si cuela. Sánchez es ya el único caballero.

No os conozco

Tuvo que ser muy dolorosa tomar la primera decisión como presidente. Una co-decisión con su santa esposa: cambiar el colchón del dormitorio principal del Palacio presidencial y pintar la habitación. Una decisión muy arriesgada. ¿Será cursi? Más que las magdalenas de la alcaldesa Carmena y de su pupilo Errejón.

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Menos amarga resultó la decisión de negar en el Senado el entreguismo con los secesionistas, tras escuchar que era un cobarde, sometido a las derechas. Cual el otro Pedro, (Lucas 22.55) rechazo lo evidente: que haya  habido negociaciones y  que se haya puesto en riesgo la unidad de España y repitió el mantra conocido: “Fuera de la Constitución nada; dentro de la ley, todo”.Claro, que a continuación espetó al PP y Ciudadanos: “Ustedes no saben leer la Carta Magna y nosotros sí; la suya es la del 155 y la nuestra la de la convivencia”. Y se mofó sin piedad de la “manifestación ultraderechista” de la Plaza de Colón del pasado día 10.

Como este tipo no tiene respeto por nada ni por nadie,  “cuando salió  fuera del hemiciclo como Simón, no lloró amargamente por desconcoer a sus socios, sino que se descojonó –perdonen la palabra- de todos nosotros”. La bancada popular le despidió con un abucheo en su último paseíllo de esta XII Legislatura.

La primera ley

El todavía presidente, anunció con convicción para su grey  como el general Mc Arthur en su victoria sobre los japoneses, que volvería a la Cámara Alta.  Y que retomaría todos los proyectos que quedan por hacer. Anunció que regresará con unos PGE para implantar la justicia social. No especificó de dónde sacará los dineros para pagar tanta dádiva sin ingresos. A este señor, pase lo que pase, ya se ha ganado su pensión vitalicia con despacho, escolta y secretaria…una vergüenza.

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El portavoz popular pasó revista a toda su historia presidencial -9 escasdos meses-, empezando por sus hazañas en Falcon hasta su tesis doctoral  de corta y pega. “Usted es el político que más daño ha hecho a España en menos tiempo”,  le espetó Ignacio Coxidó. No faltó el calificativo de traidor por sus devaneos con los separatistas catalanes ni su reprimenda por los decretazos.

Cuando dentro de unos días se convoquen las generales, -es anómalo y antidemocrático anunciarlas previamente- todas las comisiones en marcha tanto en el Congreso como en el Senado,  decaerán. Es lo mejor que le ha podido pasar al doctor Sanchez porque no será fácil que se cree otra comisión de investigación para “condenarlo” moral y políticamente por fraude. Y acabar con su carrera política.

El peligro que viene

Pedro Sánchez ha conseguido abducir a la vieja guardia del cementerio senatorial  de elefantes socialistas que aspiran alcanzar nuevo acomodo y quieren seguir allí.  Todos están a muerte con  el nuevo líder. “Guerra es el pasado, es de otro tiempo, la España de hoy es la de Pedro”, aseguran los agradadores.  Todo sea por el sillón.

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El peligro que viene –y Sánchez lo conoce bien- es que la Cámara Alta pueda perder la mayoría absoluta al presentarse tres partidos desde el centro a la derecha y sea el PSOE quien se haga con la mayoría, auxiliado por Podemos, las Mareas y los nacionalistas de todo pelaje y condición.

La pregunta clave es: ¿se podrá formar una mayoría constitucionalista para aplicar, si preciso  fuere, el Art. 155? Existen dudas razonables.

Así es que podría darse la paradoja de que el nuevo Ejecutivo, nacido del espíritu de Colón reeditara la “fórmula andaluza” pero no pudiera utilizar dicha herramienta legal  porque en la Segunda Cámara  no tiene mayoría suficiente. Urge, pues,  un cambio de Ley Electoral.La propuesta del PP de concurrir conjuntamente con Ciudadanos hay que estudiarla seriamente porque los centristas de Rivera no han tenido hasta ahora ni un solo senador elegido de forma directa. Y hay que evitar el peligro de perder la Cámara Territorial.

“Okupar” el centro 

Pedro Sánchez es un hombre soberbio. Y  peligroso. Aunque dice que comparece de forma humilde a solicitar el voto por tercera vez,  no va a dejar de caer en la tentación de presentarse como mártir del PP, PSOE y VOX a los que acusa de “tenderle un cordón sanitario” cuando es el propio Sánchez el que se ha radicalizado para llegar a la Moncloa, estando en el poder para seguir disfrutando del gratis total e intentando asegurarse la presidencia de nuevo con los mismo apoyos de los que quieren romper España.

Para ello tiene tres opciones: envolverse de nuevo en la bandera española, como hizo en el Vall del Llobregat con Miguel Iceta hace cuatro años; “okupar” el centro sociológico y mediático vendiendo mentiras como verdades de su gestión y la  tentación más  poderosa: encubrir  su transformismo de político sin principios en un hombre dialogante.

Por cierto, la misma filosofía victimista  de los nacionalistas y con las mismas mentiras supremacistas.  (“Queredme y votadme; os ofrezco el paraíso”) Y sin desprenderse del mismo odio de ZP: crispar y echar la culpa permanentemente a los otros. El discurso político que le han diseñado los estrategas de Iván Redondo  es simple pero efectivo para cooptar ingenuos.

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No hay que dejarse engañar por un hombre que no ha podido explicar el plagio de su tesis doctoral transformada en libro que firma un negro y un libro de aventuras en el que la lozana y negra bien pagá no sabe  que la famosa frase “Decíamos ayer”, no es del abulense  San Juan de la Cruz sino de un conquense honrado y libre: Fray Luis de León. ¿Es que ni ellos lo han leído o es que en Planeta ya no hay correctores? Las dos cosas. Claro que PS ya nos hablo de las bondades de Machado, el gran poeta “soriano”.

La impostura que hace del rey Felipe VI, contando sin pudor sus delirios infantiles, cuando no lo ha defendido de los ataques de los separatistas, de Podemos, del PNV y de la alcaldesa de Barcelona, confirma que padece un desdoblamiento de personalidad notable. Recordemos que entre los 21 famosos puntos del naziTorra uno de ellos era el de cuestionar la Monarquía parlamentaria,  sin que don  Pedro “el guapo” haya movido un dedo para neutralizar ese chantaje.

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La eternidad se hace larga” –demasiado larga como escribió Woddy Allensobre todo al final”. Ya aprendimos con don Oscar que “la única manera de librarse de la tentación era caer en ella”. Y don Pedro Sánchez Pérez-Castejóncaerá en su tentación moderadora de centro-centro hasta el 28-A. Luego, volverá al cesarismo y a los golpistas. ¡Que los dioses nos asistan, al menos durante los idus de marzo!

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Fotos SENADO: Antonio REGALADO

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Tras cuarenta años de régimen de los ayatolás, se siguen ejecutando a ocho personas cada semana por “delitos” contra la moral pública”

 

     Colgada del amor

POR ANTONIO REGALADO                                       

No ocupará nunca las portadas de los periódicos ni abrirá los telediarios. Su caso, perdido en las páginas de sucesos, no movilizará a los progresistas y a las feminazis de salón. Habrá que seguir golpeando sus conciencias para que no olviden la historia de Atefe Rayaba porque no es la primera ni será la última víctima del integrismo, esa dictadura religiosa que cercena los derechos humanos todos los días y a todas horas. Y que nos invade como una plaga bíblica.

La noticia fechada en Mazarán (Irán), llegaba en los estertores del último estío. Mazarán es una ciudad que nació a la vida al ponerse en marcha la presa de Shahid Rajaee y que, gracias al río Dodogangh, riega 52.000 hectáreas de terreno antes baldío. Un paraíso que ahuyentó las inundaciones y la muerte, asentado al noreste de Teherán, junto al mar Caspio.

La construcción primero y el establecimiento después de una colonia de trabajadores de la central hidráulica, permitió que Atefe, 16 años, una bella joven, -negros cabellos como la noche oscura del alma y ojos color miel-, conociera al hijo del ingeniero de la obra. Cupido hizo el resto.

La policía religiosa de los ayatolás, tras las denuncias de un vecino despechado, no tardó en acechar a la pareja bajo los pinos resineros a punto de estallar. Aquella tarde, mucho antes de que la luna abandonara su lecho, no acababa nunca. Un ligero viento del este mecía las hojas de los árboles. Los enamorados, con el fuego en el cuerpo, se fundieron en uno. Y en esa entrega, donde el mundo se torna plenitud, en ese instante mágico y único, los vigilantes de la virtud los pillaron in fraganti.

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El resto de la historia, para Atefe, es fácil de imaginar: detención por “actos contrarios a la castidad”, encarcelamiento y juicio. A fe que fue un juicio injusto. Atafe Rayaba tuvo que asumir su propia defensa porque el juez le negó el derecho a un abogado. Y el de oficio se excusó por enfermedad. Por cierto, el juez, que es además el fiscal del distrito, se la juró cuando la asustadiza joven, en un momento de dignidad a lo Juana de Arco, criticó la hipocresía moral del país y osó, como protesta, quitarse la ropa ante el tribunal.

Rebelde con causa. Culpable. Entonces, el magistrado, montó en cólera, abandonó otros quehaceres y se juramentó darle un escarmiento a ella y a sus conciudadanos tras firmar, sin que le temblara el pulso, su condena a muerte. En menos de tres meses obtuvo la ratificación del Tribunal Supremo y la firma de Mahamud Sarudi, presidente de la máxima instancia de administración de Justicia de la República Islámica iraní. La familia no pudo invocar el derecho de gracia.

La sentencia se ejecutaba días después en la calle del ferrocarril, en el centro de la ciudad de Mazandarán, lugar destinado a los espectáculos públicos. El propio juez, cuyo nombre se omite en la crónica de urgencia, -siempre se protege a los torturadores- se encargó de ajustar la soga al cuello de la joven Atefe y, alzando el brazo, dio la orden para elevar la grúa de la que colgó la joven que había cometido el pecado de enamorarse. Colgada del amor. Con el balanceo la sangre hirvió por un momento en sus venas. Añade la noticia que, consumada la ejecución en la plaza pública, el propio juez explicó a los familiares que había sido ahorcada por su descarada actitud en la sala.

Atefe Rayaba fue enterrada esa misma tarde con una sonrisa giocondiana. En su mano derecha, de interminables y huesudos dedos, los verdugos encontraron una carta, denunciando el sistema político y religioso; pedía perdón a sus padres y hermanos por la deshonra. Reiteraba en la misiva su amor por su Romeo: “he conocido la felicidad. Muero pensando en ti. No te olvidaré nunca. Gracias, amor. Siempre tú. Siempre”.  Recordemos la carta de San Pablo a los Corintios: “el amor no pasa nunca”, les explicaba. Pero…  pasamos nosotros.

Al otro lado de la noche, su tumba fue profanada y su cuerpo desapareció. Sin más. La familia –apestada socialmente por tener una hija que no llegaría ya virgen al matrimonio- espera inútilmente explicaciones por esta salvajada. Todavía.

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El galán con el que yació la joven ahorcada y cuyo nombre tampoco se refleja en la noticia –ni ella desvelaba en su última misiva-, noticia, decíamos, llegada de las orillas del Mar Caspio, fue condenado a 100 latigazos y después quedó libre.

Violencia histórica

He aquí discriminación real y violencia de género en estado puro. Y sin que ninguno de nuestros pancartistas de fin de semana escriba un Whas App de protesta o se manifieste ante la embajada de Irán en Madrid, París o Londres. Siempre es más fácil mirar hacia otro lado.

Cuatro personas son ahorcadas públicamente en la antigua Persia cada semana –no se pierdan el detalle- en presencia obligatoria de sus familiares. Por lo de escarmentar en carne propia. Es una marca que estigmatiza también a los deudos y amigos de por vida.

Tiempo atrás, seguimos en Oriente Medio, la policía política de Arabia Saudita cerraba las puertas de un colegio en llamas impidiendo salir por la ventana a sus diecisiete ocupantes –diecisiete señoritas- porque previamente se habían despojado de su toca y se les veía la cara. ¡Ojo al delito!

Perecieron achicharradas ante la complacencia de los viandantes que apoyaron a los policías. Insólito y cruel. Así es el sistema islámico. Lo del Daesh  es solo una derivada sangrienta más. Lo de la ablación –extendido por medio África- es una broma comparado con la realidad de cada amanecer. ¿Cómo no recordar de nuevo la condena a lapidación de Amina Lawal?

Cuando la religión se antepone a la razón y a la libertad nos topamos de golpe con la intransigencia y con los fantasmas del miedo y del pasado. El integrismo es el nuevo nazismo de nuestro tiempo. Así de simple. Los que hablan de lucha de civilizaciones saben perfectamente que con los islamistas no se puede dialogar en igualdad de condiciones. Su religión es el odio y de ahí su odio a las otras religiones. Todos somos infieles y merecemos la muerte.

Cuando no hay libertad, obvio es insistir, tampoco existe democracia. Tanta crueldad no puede albergar esperanza ni futuro.¿Qué edificio se puede construir sobre las cenizas del asesinato de una joven a sangre fría? ¿O de miles de niñas  como las víctimas africanas de Boko Haram?  ¿Qué clase de religión permite masacres legalizadas en su código Penal? ¿Dónde se oye la voz de Naciones Unidas? No una religión de paz, no una religión de amor, no  una religión de tolerancia.

Elevemos una plegaria por el descanso eterno de la joven Atefe Rayaba, que se rebeló sola, tremendamente sola, contra el poder iraní. Aprendamos la lección. Quedan aún miles de Atefes luchando aún por pasear su amor por los hayedos y pinares. Mañana, quizás mañana, los jóvenes musulmanes podrán amar, además, en libertad. Su semilla florecerá, a lo mejor, en primavera.

Que los creyentes pregunten a Alá, el grande y el misericordioso, por qué permite tanta crueldad inmisericorde. Y que nos lo expliquen a nosotros, los infieles. Y a los padres de Atefe. No invocamos blasfemia si no la clemencia del Altísimo. Pero no habrá respuesta. Tan sólo escucharemos el silencio de la soga en las alturas de la grúa, asfixiando el cuello de Atefe Rayabam, la joven tierna de ojos color miel, colgada del amor.

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